Diario de León

DESDE LA GRADA

Capelistas hasta la muerte

Publicado por
DOMINGO SHANKLY
León

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AL MADRID le sienta la filosofía resultadista como al Jorobado de Notre Dame un traje de Armani. Por mucho que los blancos lleven a estas alturas más puntos que hace muchísimas temporadas. A la Deportiva, sin embargo, y sobre todo a sus seguidores, el resultadismo le cae como un guante. No haría falta siquiera que Pichi Lucas tratara de justificar en las ruedas de prensa supuestas mejorías en el juego del equipo, como por ejemplo frente al Tenerife. Más que nada, porque alguno puede entender que el entrenador blanquiazul intenta tomarle el pelo. La Deportiva jugó casi igual de mal frente al Tenerife que en los últimos tres o cuatro partidos en casa. Aunque los canarios no eran ni el Salamanca, ni siquiera el Real Madrid Castilla; y aunque hubieran estado jugando ciento ochenta minutos no da la impresión que fueran a ir más allá del cero-cero. El gol de Fran, que sigue demostrando su soberbia calidad a pesar de que temo que nunca obtendrá el reconocimiento debido de la grada -aficionada a los fuegos de artificio- resulta un espejismo. Ni siquiera el goleador jugo un buen partido. El equipo volvió a abusar en ataque del envío del balón largo sobre la testa de Risso para su prolongación, y de nuevo se encontró huérfano en el callejón del ocho. En cambio, gracias también a la escasa exigencia del Tenerife, sí se constató una mejor coordinación en la cadencia defensiva -muy lejana de la del principio de Liga-. Y en ese marco de compresión de líneas volvieron a despuntar, que no a brillar, Nacho, Borreguero, y algo más si cabe, un Bornes rápido y aséptico en el cruce. Pero es que a estas alturas, y visto lo visto, ya son cada vez menos en el Toralín los que aspiran al «jogo bonito». El capelismo le sienta a la Deportiva como una tanga a Giselle Bundchen. Ojalá que de aquí a final de temporada no se jugara ni un minuto grandioso en el Toralín, pero que se ganasen los tres puntos necesarios de cada jornada. Muchos nos abonaríamos a los cinco minutos taquicárdicos que como frente al Tenerife vivimos hasta que el árbitro hizo sonar su silbato. Nunca un triste y triple chirrido había sonado a tan maravillosa sinfonía. Tan bello como un 1-0, hijo de la tosquedad y el coraje.

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