La sombra de Al Qaeda hace dudar a Obama en armar a los rebeldes libios
EE.UU. teme que los anti Gadafi tengan en sus filas infiltrados a terroristas

Rebeldes libios trasladan a un compatriota herido en un ataque de las fuerzas de Gadafi.
La reiterada promesa de Barack Obama de no extralimitar el alcance de la misión norteamericana en Libia vuelve a chocar con la evidencia contraria. Frente a la probada capacidad de resistencia demostrada por Gadafi, altos responsables de la Administración estadounidense se plantean abiertamente armar a las fuerzas rebeldes. La maniobra mantiene enzarzados en un intenso debate a la Casa Blanca, el Departamento de Estado y al Pentágono, mientras crecen los temores entre un sector de que un paso de este calibre profundizaría la implicación de Estados Unidos en una guerra civil que ni le va ni le viene, con el agravante de que muchos de esos combatientes a los que se pretende ayudar podrían tener lazos con AlQaeda.
Aunque no han trascendido las comparaciones, la situación es tan envenenada como cuando Washington apostó por apoyar a otros movimientos rebeldes en Angola, Afganistán o Nicaragua con desastrosas consecuencias para la paz y los propios intereses estadounidenses.
La carrera para evitar un movimiento en falso que complique la estrategia aliada en el país árabe pasa por que las agencias de inteligencia identifiquen a las «bandas de desarrapados» -como las calificó un mando militar- que hostigan a las tropas del dictador libio y encuentren alguna certeza de que sus filas se nutren de potenciales terroristas.
Tierra incógnita. Con toda la zona este del país convertida todavía en una suerte de 'terra incognita' a ojos de Estados Unidos, «la presencia de Al Qaeda allí es la mayor preocupación que tenemos», admitió a The New York Times un representante del Gobierno. Justo el día que la artillería del Ejército de Trípoli contrarrestó con éxito el avance de la insurgencia que se aproximada a la ciudad de Sirte, los temores sobre el apoyo a los rebeldes se amontonaron en el Congreso cuando el comandante militar de la Otan, el almirante James Stavridis, declaró en una audiencia que empezaban a manejar pruebas de inteligencia sobre la presencia de miembros de Al Qaeda y Hezbolá entre las fuerzas anti-Gadafi.
«Por desgracia, no tenemos una idea clara sobre la oposición», aseguró el alto oficial. Aunque el este de Libia fue el centro de importantes protestas islamistas en la década de 1990, nadie se atreve a establecer cuántos grupos mantienen lazos con la organización creada por Osama Bin Laden.
Presión francesa. Mientras el Gobierno francés no cesa de presionar a Estados Unidos para que proporcione más ayuda a los sublevados, el dilema al que se enfrenta Washington es cómo concretar ese apoyo sin despertar viejos fantasmas. Tanto Obama como Hillary Clinton han respondido hasta ahora con ambigüedad.
Cuando en una entrevista televisiva abordaron la espinosa cuestión, el presidente declaró que ni descarta ni da por seguro armarlos. En términos parecidos, la secretaria de Estado dijo en la Conferencia de Londres que aunque el gobierno no ha decidido sobre la materia -Clinton se reunió anoche a puerta cerrada con miembros del Congreso para debatir el tema-, si dejó claro que su país tiene el derecho a transferir armas cuando lo considere oportuno.
Para los militares que han estudiado con rigor un hipotético plan de suministro bélico, la operación es sumamente compleja. De entrada porque los rebeldes necesitarían ser entrenados. Esto implicaría enviar personal militar a suelo libio, un extremo que desborda de lleno el actual decreto de la ONU. El Pentágono, con el secretario de Estado, Robert Gates como principal valedor, se mantiene como la institución más reacia a ampliar la participación.