Diario de León
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Francisco Apaolaza | París
León

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En el balcón del primer piso del Bataclan desde donde los terroristas dispararon a sus víctimas como a conejos, alguien ha colgado una pancarta grande y rotunda: «La libertad es un monumento indestructible». En realidad, describe un deseo más que una realidad: la libertad es frágil y París está aterrorizada. Frente a ese altar al horror, las personas despositan velas y flores en montañas desordenadas de cariño mientras las furgonetas hacen su reparto. Todo parece ya casi habitual, pero cuando las cajas descargadas golpean el suelo, todos giran la cabeza. Diez golpes después, se siguen girando de nuevo. París, quizás Francia entera, vive en una tensión insoportable y agotadora, como si esperara un impacto invisible.

La lluvia ha mojado los papeles, pero no ha borrado la cera fundida ni tampoco el miedo. Elena Fonseca, ayudante de enfermera de 38 años, era una de las pocas que ayer por la mañana tuvo el arrojo de subirse al metro parisino. La mayor parte de la ciudad prefirió el coche por motivos obvios y creó un atasco monumental que tardó horas en disolverse. Ese bloqueo era una imagen del estado de la capital. Por las estaciones pasean los soldados con los dedos sobre los gatillos, pero en las tripas de París no se ven policías. «Me ha llamado la atención el silencio en el vagón. Nadie se miraba, nadie decía nada».

En los muelles de los trenes no se escucha más que mensajes por megafonía que invitan a denunciar actividades sospechosas. «Normalmente no cabemos en el vagón y entramos a empujones. Hoy te podías sentar».

Luzette Scudier era una de las viajeras. Es psicóloga, tiene 64 años y no había vuelto a sentir esa sensación desde los 20 años. «Cuando he entrado, he sentido una sospecha muy extraña y he tenido la conciencia de que estaba entrando en un sitio del que no saldría jamás, en una trampa. He notado sensaciones muy antiguas y un estado de prepánico. Desde los 20 años no tenía un ataque de ansiedad. Hasta hoy». Scudier ha venido desde Toulouse a París a una reunión para estar con su hija y curar su angustia. Las telas de araña del terror la han tocado como a toda la ciudad. Trabaja en la discográfica Sony y algunos de sus compañeros estaban en el concierto con trabajadores de Universal, la compañía que lleva a los Eagles of Death Metal. Algunos han muerto, otros están heridos y otros son testigos de lo sucedido.

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