Diario de León

Bruselas trata de recobrar el pulso

Los niños volvieron al colegio, la gente utilizó de nuevo el metro y las bicicletas transitaron por las calles La Place de la Bourse se llenó de ciudadanos que gritaron contra la barbarie .

Cientos de personas se manifiestan en solidaridad con las víctimas en la plaza de la Bolsa. YOAN VALAT

Cientos de personas se manifiestan en solidaridad con las víctimas en la plaza de la Bolsa. YOAN VALAT

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francisco apaolaza | bruselas

Yanis Megichin tomó una tiza rosa chicle y con la flor que pintó en el suelo de la Place de la Bourse de Bruselas, redonda, grande, de cuatro pétalos, se podía levantar un imperio. Lo había llevado a la plaza su padre, Fouad, para que fuera entendiendo «que el dolor hay que compartirlo». Venía con Nadia, su madre, musulmana y con pañuelo y con su hermano mayor Aiman, que había comprendido lo que había pasado el martes, cuando Nadia le dijo que podría haber sido ella la que no hubiera vuelto a casa.

En ese momento, algo después del mediodía, parecía que a Bruselas comenzaba a latirle un pulso tímido, templado y aún débil. El suelo era un amasijo de velas, de mensajes en papeles humedecidos y ya ilegibles, y manchas de la tiza borradas por la llovizna con la que amaneció la ciudad. Cientos de personas aguantaron en pie dos minutos de silencio y después comenzaron a gritar mensajes desesperados, a aplaudir, a menear banderas y emitir consignas de todo signo, agitados como los animales antes de la tormenta. En este caso, después. Habían venido de toda la ciudad a subirse a la escalera de la Bourse y sentirse un poco más manada en mitad de la amplitud casi impersonal de las grandes avenidas de Bruselas.

Entre los dos enormes leones, los bruselenses vivían el sueño de no ser más presas del terror. Arriba, sobre las escaleras atestadas de gentes, una sábana roja con letras blancas que decía «Unidos contra el odio» y después otros tantos mensajes -«No nos vencerán», «Permanecemos libres», «No a las fronteras»- que alguien en un momento dado había escrito como si pintara un sueño imposible. Un hombre puso a decenas de personas a gritar «para liberar la energía» y media docena ofrecían abrazos gratis. Hubo flores, banderas belgas, utopías, lágrimas y una representación de todas las cadenas de televisión del mundo. Todo estaba escrito con unas tizas gordas como porras, como si los mensajes hubieran nacido ya con vocación efímera.

La Bourse era ayer una gigantesca lista de deseos. Era la République de París en noviembre sin la Marsellesa, pero Bruselas no era la misma que entonces. Ese mes, entre el 21 y el 25, y en respuesta por los atentados de París, la ciudad se encerró en si misma. Cerraron oficinas, polideportivos, transportes y colegios. A esos días les llamaron el ‘lockdowon’, que le supuso no pocas críticas al Gobierno.

Ayer tenían dos opciones: repetir aquella experiencia y replegarse en sí mismos o tirarse a la calle y hacer como si no pasara nada. Seguir viviendo. Sabían que ninguna de las dos opciones iban a funcionar: encerrarse en casa no les daría la seguridad absoluta y tirarse a la calle no les devolvería la paz. Optaron por salir adelante, aunque fuera a trompicones: los niños volvieron al colegio, la gente regresó al metro y las bicicletas volaron de nuevo pilotadas por tipos de cara colorada por el frío.

Las estaciones de tren abrieron de nuevo. El gobernador de la ciudad, Rudy Lemotte, confesó que conocía el peligro de un nuevo atentado, pero que «había que seguir viviendo». A nadie se le escapaba que uno de los terroristas seguía suelto y que si la policía había encontrado una bomba en el piso de Schaerbeek, podía haber más.

Sobre esos principios resbaladizos, la ciudad, solemne, gris, silenciosa y a media asta, encontró toda la normalidad de la que disponía, que era poca.

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