Diario de León

La casa del terror en Bruselas

Desde los atentados del martes, el barrio de Schaerbeek, junto al centro de Bruselas, no pega ojo Los vecinos aseguran que en el piso de los terroristas vivían cuatro personas.

Policías enmascarados vigilan en Bruselas. CHRISTOPHE PETIT TESSON

Policías enmascarados vigilan en Bruselas. CHRISTOPHE PETIT TESSON

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La casa del terror de Schaerbeek tiene un telefonillo viejo con los botones sucios y un buzón lleno de publicidad que nadie recoge. Si llama uno al quinto piso responde, dulce y trémula, la voz de Tatiana Valderrama, de 14 años, la menor de la familia. «Ahora tenemos mucho miedo. Estamos asustados». Está sola en casa. En la puerta frente a la suya, en el mismo descansillo, vivía el demonio.

Los Valderrama llegaron de Perú al barrio de Schaerbeek hace un mes y poco después llegaron ellos. Nunca los habían visto. Supieron la cara que tenían cuando vieron su casa en la televisión. «Nos quedamos alucinados». Entonces sintieron el escalofrío: por esas mismas escaleras, el martes, los hermanos El-Bakraoui y Najim Laachraoui bajaron sus maletas pesadas llenas hasta las trancas de explosivos y de muerte. Por la tarde, entró la policía en la casa —cascos, perros, escudos y cañones apuntando a las frentes— y las fuerzas de asalto encontraron el rastro del mal: una bomba con quince kilos de explosivos, litros de productos químicos para fabricar más bombas y una bandera del Estado Islámico (EI).

Desde entonces, el barrio de Schaerbeek, junto al centro de Bruselas, no pega ojo. «Se debían esconder porque nunca me los encontré». Para Tatiana y su familia, los terroristas eran solo voces al otro lado de la pared. «Disculpe, pero no conocemos el idioma. Nunca imaginamos nada». No sabían lo que decían, pero prometen que había cuatro: tres hombres y una mujer. Ahora vienen las cábalas y el recuento. En el grupo del gran atentado del martes se sabe que había al menos tres hombres. Se cree que Khaled Baakraoui se voló en la estación de metro de Maelbeek. Este habría alquilado el piso de Forest en el que se había alojado Salah Abdeslam, cerebro de los ataques del 13-N de París y cuya detención habría precipitado los sucesos del martes. Su hermano Ibrahim estalló en el aeropuerto con Najim Laachraoui, que se considera el artificiero de los ataques de París y el cerebro del doble atentado del martes.

Los datos son resbaladizos, pero a primera vista, que faltan dos: el hombre misterioso del abrigo claro que acompañó a los suicidas en Zaventem, posible dueño de la bomba que no explotó, y uno más que podría haber acompañado a Khaled en el metro. ¿Y la mujer que escuchaba Tatiana? Las dudas y el miedo corroen a Schaerbeek.

Cortinas cerradas

El centro neurálgico del barrio es ahora ese edificio gris que se acababa de vender hace un mes. A algunos vecinos les llamó la atención de que en el quinto piso, donde nunca se abrían las cortinas, hubiera luz de noche. Estarían de obras. Nadie imaginaba que lo que estaban preparando eran las bombas de una masacre. Salieron de la casa el martes por la mañana y tomaron un taxi, una pista que no les importó dar. Sabían que no iban a volver. No fueron las escuchas, ni los espías los que dieron con el sitio, sino el propio conductor del taxi, que llamó a la policía alertado por aquellos tipos nerviosos que no dejaron que tocase su equipaje. Calle Max Roos con Maurice des Ombieux. Una esquina cualquiera hasta el martes. Ayer en esas aceras paraban tres coches de policía. Han venido tantas cámaras que la policía ha acordado con los vecinos que los equipos de los informativos pueden parar allí solo quince minutos cada uno. La tensión era tal que la policía belga escoltaba a los periodistas.

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