El negocio blanco de los minerales de sangre
La ciudad de Goma es un hijo vástago de esta guerra. El volcán de Nyiragongo y el lago Kivu, que la custodian al norte y al sur, se mantienen incólumes, pero casi todo los demás ha sido deformado por la violencia. Es una ciudad sitiada por el «mzungu», el hombre blanco, omnipresente en sus calles a bordo de grandes todoterrenos pertenecientes a más 250 organismos humanitarios internacionales con presencia permanente. A pie, aferrados a sus armas, los soldados de la Monusco –la misión pacificadora de Naciones Unidas, la mayor y más costosa del planeta– se mezclan con las furgonetas y los centenares de motos que usan los congoleños para moverse.
El investigador panafricano Fidel Bafilemba le cuesta reconocer el lugar donde se crió. «Crecí en una urbe de unas 300.000 personas que en la actualidad es una megápolis de 1,2 millones. La mayoría ha llegado de fuera huyendo de la violencia, pero también han venido por el boom de los minerales de sangre», explica este incansable predicador en contra del férreo dominio económico, educativo, religioso y militar que, a su juicio, aún ejerce Occidente sobre todo el continente africano.
Las entrañas del Congo albergan toneladas de oro, diamantes, estaño y tantalio; además de la mitad de las reservas mundiales de cobalto y el 70 % de las de coltán, imprescindibles para la fabricación de cualquier dispositivo electrónico. Esta riqueza mineral es a menudo identificada como una de las principales causas de tanta violencia.
«La minería industrial no está del todo vinculada al contexto de conflicto. Es cierto que se dan abusos de derechos humanos, como compensaciones injustas o falta de alternativas para antiguos agricultores, pero es la minería artesanal (sin maquinaria, sin generadores, etc.), refugio de mano de obra infantil, la que vende sus minerales a señores de la guerra, grupos rebeldes y hombres de negocios corrientes».