OPINIÓN Valentí Puig
El agosto de Sadam Husein
Una Europa central inundada por las lluvias aleja del considerar pros y contras de una intervención en Irak. Eso se suma al instinto primordial de mirar para otro lado. En la propia administración americana, el caso Sadam Husein da vuelo a «halcones» y «palomas». Colin Powell es la «paloma» principal, el vicepresidente Cheeney lidera los «halcones» y ejerce la tercería Condoleeza Rice, consejera de seguridad nacional con plena confianza presidencial. Se enfrentan dos conceptos de estrategia: unilateralismo y multilateralismo. Son dos conceptos que nunca se concretan en términos químicamente puros, por lo que lo más a mano es el «multilateralismo a la carta». A cada zona, según sus intereses: así Washington preservaría su preponderancia sin tener que asumir graves costes de hegemonía zahiriente. A la reticencia europea no solo se suma la resistencia del partido demócrata: hace unos pocos días, el líder de la mayoría republicana en el Congreso, Dick Armey, dijo que le veía poca justificación a una operación en Irak. Sería una ingenuidad suponer que el Pentágono no va a continuar evaluando planes y acumulando recursos materiales -4.000 «marines» han llegado a Jordania- porque no se le puede transmitir a Saddam Husein el mensaje de que queda libre de toda amenaza, mientras persiste en negarse a las inspecciones de la ONU respecto a fabricación de armas de destrucción masiva. Muy al contrario: es previsible que irá en incremento la aparición de informes filtrados o no, a modo de escalada para tener al régimen de Bagdad en vilo mientras se busca el modo de incentivar los núcleos políticos de resistencia al régimen tiránico . De todos modos, es de precavidos no fiarse ciegamente de los opositores al régimen iraquí, no vaya a ser que Bush junior se vea metido en un fiasco equiparable al que tuvo Kennedy en la Bahía de Cochinos, cuando el anticastrismo de Miami le llevó al peor episodio de su presidencia semidorada. Sobre el futuro de un Irak sin Sadam Husein, el historiador Bernard Lewis reconoce que, si Sadam es derrocado mañana, no va a reemplazarle una democracia equiparable a las escandinavas, pero no puede olvidarse que el Irak anterior a Sadam usó de sus ingresos petrolíferos en términos de buenas infraestructuras y sistema educativo: no es un mal terreno para que una ciudadanía libre inicie el despliegue de instituciones democráticas. Ni tan siquiera hay vacaciones cuando la naturaleza o Sadam Husein vienen a subrayar que vivimos en un mundo hostil.