Diario de León

Desbandada general en Afganistán

El éxodo de miles de afganos y la petición de Reino Unido y Estados Unidos a sus ciudadanos para que dejen el país apuntan al peor final en la guerra con los talibanes

Ciudadanos afganos huyendo de su país por la guerra contra los talibanes. AKHTER GULFAM

Ciudadanos afganos huyendo de su país por la guerra contra los talibanes. AKHTER GULFAM

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De la presencia estadounindese en la histórica base de Bagram, desde la que se dirigió la ofensiva contra los talibanes en Afganistán durante los últimos veinte años, solo quedan toneladas de basura. Kilómetros de cable, mobiliario metálico, envases vacíos de alimentos, desechos electrónicos y ropa gastada se acumularon en un vertedero improvisado donde decenas de afganos bucean a diario en busca de prendas aún en uso, tornillos o piezas de ordenador. El enorme basurero fue una prueba de la inmediatez con la que Estados Unidos evacuó a sus tropas a principios de julio y de cómo su presidente, Joe Biden, quiso hacerlo con la máxima discrección de cara al mundo.

Sin otros factores como el protagonismo en el escenario internacional de las malas relaciones entre Washington, China y Rusia, la novedad que todavía supone la reciente Administración demócrata y la trágica realidad de la pandemia, es posible que la salida de Estados Unidos de Afganistán hubiera sido más dura y traumática. Porque después de veinte años de invasión y 2.300 bajas militares, el Pentágono no consiguió desmantelar las milicias talibanes y, a la luz de la actualidad, ni siquiera arruinó su infraestructura operativa. Bastantes analistas compararon esta salida sorprevisa con su fracaso en Vietnam.

Los fundamentalistas solo necesitaron un mes y medio para apoderarse de nuevo de los enclaves rurales y los puestos fronterizos, además de conquistar este fin de semana dos capitales estratégicas: Zaranj y Sibargan.

La insurgencia también dominó algunos barrios de Herat y Kandahar, donde los combates tuvieron lugar casa por casa con las fuerzas de seguridad afganas y unas unidades de élite cada vez más cansadas. Un elemento importante de cara al devenir de la guerra es si, como confía el Gobierno de Ashraf Ganhi, sus tropas podrán ejercer mayor resistencia en las zonas urbanas.

Según las estimaciones más fiables, 40.000 soldados, 8.000 policías y otros tantos agentes de Inteligencia nutrieron la defensa afgana, frente a una oposición de entre 55.000 y 80.000 talibanes. En aquel contingente se encuadraron las unidades de élite, entrenadas al modo de las fuerzas especiales de Estados Unidos, aunque su efectividad se vio lastrada por el menor apoyo de la aviación estadounidense y de los contratistas privados, que abandonaron el país. Uno de sus problemas fue que la marcha de los técnicos empezó a influir en la falta de mantenimiento de los aviones y helicópteros.

El Gobierno confía gran parte de su estrategia en estas brigadas especiales, pero a menudo carecieron del respaldo necesario, según informó la agencia AFP. Una unidad compuesta por veinte hombres fue masacrada en junio en Faryab tras quedar cercada y no recibir refuerzos. El mayor Sohrab Azimi, una estrella en ascenso del Ejército afgano, murió en los combates. El hecho de que fueran abandonados causó una polémica con el Ministerio de Defensa que todavía resuena entre los altos mandos militares.

Lo sucedido con la unidad del mayor Azimi se parece cada vez más a la situación que atraviesa el propio país asiático. La ofensiva de los fundamentalistas y las noticias cada vez más frecuentes sobre ejecuciones sumarias, represión y torturas desataron una especie de desbandada general, preludio de que miles de ciudadanos y también la comunidad internacional vieron con indisimulado pesimismo el futuro de la nación. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), de hecho, cree que Kabul está en peligro.

Un promedio de 40.000 personas huye cada semana a la vecina Irán y la Organización Internacional para las Migraciones calculó que el número total de desplazados sobrepasa ya los 300.000 afganos. Pakistán ha tomado medidas drásticas para cerrar las puertas a este éxodo y construyó una valla a lo largo de los 2.640 kilómetros de frontera con Afganistán.

Paradójicamente, mientras miles de afganos huyen de la guerra, otros cientos regresan a su país escapando de la pandemia de coronavirus que azota Irán y Pakistán .

«La situación en Afganistán empeora cada día desde todos los puntos de vista», afirmó la oficina de migración. De los 18,5 millones de habitantes, la mitad va camino de necesitar ayuda humanitaria. Unos 110.000 civiles murieron o resultaron heridos y 60.000 miembros de las fuerzas de seguridad perdieron la vida a lo largo de una guerra que sangra más cada día.

Las embajas de Estados Unidos y Reino Unido pidieron a sus compatriotas que abandonasen con urgencia el país «debido al empeoramiento de la seguridad».

Los vuelos comerciales salieron llenos, mientras los gobiernos británico y estadounidense enviaron aviones militares para evacuar a los miles de locales que colaboraron con sus tropas desde 2001. Varios informes de prensa y de las ONG dieron cuenta estos días de ejecuciones sumarias por parte de los talibanes de civiles a los que señalaron por haber trabajado con las fuerzas aliadas, entre ellos comerciantes, mecánicos y asistentes.

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