El doloroso parto de la nueva Argentina bajo la presidencia de Duhalde
Un año después de las cacerolas
El «veranito» de la crisis, como llaman en Argentina a la actual etapa de cierto avance macroeconómico, impulsa la recuperación de algunos empresarios. Por ejemplo, para una

Algunos argentinos sobreviven buscando entre la basura bajo carteles electorales
Al norte de la ciudad, otro empresario también del mismo sector, reconoce haber alcanzado el 80% de la actividad que tenía antes del colapso económico, inciado hace un par de años. Resistieron a la tentación del cierre y ahora se encuentran con nuevas oportunidades. Muchos de sus competidores han desaparecido y se benefician del impulso del sector agroexportador, favorecido por la devaluación del peso, que empieza a contagiar a otras actividades. Sobre todo en el sur de Buenos Aires, pero también en el norte, aparecen con frecuencia casos de ancianos gallegos sin recursos, desesperados porque no pueden pagar sus medicinas y comer al mismo tiempo. Emigrantes nacidos en Galicia sumidos en la miseria que sólo en situaciones insostenibles acuden a pedir ayuda a la Xunta. Su orgullo, y quizás también el desconocimiento de los programas del Gobierno de Santiago, les impedía solicitar socorro con la antelación suficiente. Son las dos caras de la nueva Argentina, de la Argentina brasileña o mexicana, el país más igualitario de Latinoamérica en el pasado y hoy una sociedad que ha acelerado su ya antiguo tránsito hacia un modelo cada vez más parecido al de sus vecinos. En realidad ya lo tenía, en el interior, donde desde hace décadas mueren niños por desnutrición, pero ahora el sistema de la desigualdad invade grandes áreas de la ciudad de Buenos Aires. En el norte, junto al Hipódromo, abren nuevos lujosos restaurantes, con aparatosos despliegues de seguridad en la puerta. En cambio, en Avellaneda, en el sur, han cerrado el 70% de los comercios de la otrora bulliciosa avenida Pavón. La caída de De la Rúa hace un año, tras instrumentados tumultos en los suburbios y espontáneas protestas de la clase media, supuso el abandono de la convertibilidad, el ficticio sistema de equivalencia con el dólar, que duró una década. Tras buenos comienzos, la convertibilidad ahogó la producción y paralizó la economía. Este año ha sido el de la abrupta caída del peso, que se cambia ahora a 3,5 billetes estadounidenses. Los precios de los productos básicos, y también de los importados como los electrodomésticos, experimentaron una rápida subida que supuso un golpe descomunal para quienes desde hace año vivían casi al límite de sus posibilidades, de un salario o una pensión. Y ahora son los más débiles de la sociedad los que pagan el pato del colapso económico. «Con Alfonsín pasamos hambre en casa y con De la Rúa, también, porque lo que ocurre ahora es culpa suya. Sólo con Menem ha funcionado este país». Este comentario, de Lilian, una médico de 30 años, cada vez se escucha más en Buenos Aires. «Con Menem la gente se compraba electrodomésticos y autos y había seguridad. Ahora hasta los policías tenemos que comprarnos nuestras propias balas y los chalecos», explica José Chan, subcomisario de la policía federal. Chan y Lilian se baten con los que culpan a Menem de todos los males. En las encuestas sigue por delante Rodríguez Saa, el pintoresco político que fue presidente durante una semana tras la caída de De la Rúa. Pero tanto él como Elisa Carrió, la nueva líder del centro izquierda, y Menem se mueven en porcentajes muy bajos de intención de voto, sobre el 15%, en una sociedad cada vez más descreída.