Diario de León

Júbilo y dudas en Gaza y Tel Aviv

El acuerdo provocó una explosión de alegría entre los palestinos y las familias de los rehenes israelíes, pero con recelo

Celebración de un grupo de niños gazatíes.  Celebración de los familiares de los rehenes.

Celebración de un grupo de niños gazatíes. Celebración de los familiares de los rehenes.efe

Publicado por
Agencias
Madrid

Creado:

Actualizado:

La alegría es más fácil de retratar que la cautela, de manera que el material gráfico llegado ayer desde Israel y desde Gaza muestra una desbordante y unánime explosión de gozo. Unos y otros, desde los familiares de los rehenes concentrados en Tel Aviv hasta los palestinos desplazados a Khan Younis, compartían por una vez un mismo sentimiento de alivio y esperanza: se multiplicaron los cantos, los bailes, los abrazos y los aplausos en corro y ondearon sin cesar las banderas. Pero en ambos lados, como si se estuviesen mirando en un espejo, se detectaba también la arraigada veta de la desconfianza, con voces que reclaman prudencia y paciencia ante un proceso largo, difícil, regido por una hoja de ruta que peca de indefinición en algunos puntos decisivos. En Gaza, el súbito alborozo contrastaba con un entorno devastado por dos años de bombardeos: a las decenas de miles de muertos se suman dos millones de desplazados y la destrucción de alrededor del 90% de los hogares. El corresponsal de Al Jazeera, Hani Mahmoud, ha descrito certeramente el efecto del acuerdo en la población como «un suspiro colectivo de alivio». Había jóvenes cantando alabanzas a Dios por las calles, aupados unos sobre los hombros de otros, y no faltaron modestos fuegos artificiales y los tradicionales disparos celebratorios al aire. «Gracias a Dios por el alto el fuego, por el final del derramamiento de sangre y de la matanza. Yo no soy el único feliz: lo está toda la franja de Gaza, todo el pueblo árabe, todo el mundo», comentó a la agencia Reuters un emocionado Abdul Majeed Abd Rabbo. «No puedo parar de reír y de llorar, no me puedo creer que hayamos sobrevivido. Estamos impacientes por volver a nuestros hogares, aunque hayan sido destruidos: volver a Gaza City, dormir sin el miedo a ser bombardeados y tratar de reconstruir nuestras vidas», planteaba Tamer Al-Burai, que forma parte de los miles y miles de evacuados de la capital. Para los gazatíes, se abre la ansiada puerta a la ayuda humanitaria en forma de atención sanitaria y comida. «La mejor medicina es la paz», resumió ayer el director general de la OMS, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus. Acostumbrados ya a la desesperanza, ayer no podían evitar cierta incredulidad ante esa insólita novedad de las buenas noticias: se multiplicaban las preguntas sobre detalles concretos del plan, como el desarme de Hamas o la proyectada mesa de gobierno para Palestina. Y pesaba como una losa la memoria de los muertos: «Viejos y jóvenes hemos empezado a gritar, y los que han perdido a seres queridos los recordaban y se preguntaban cómo podemos volver a casa sin ellos», relataba Umm Hassan a la BBC.

«Gracias, señor presidente»

Al otro lado del espejo, en la Plaza de los Rehenes de Tel Aviv, se repetía esa compleja gradación emocional. Dominaba, por supuesto, el regocijo: es el lugar donde se concentran los familiares de los israelíes que siguen en poder de Hamas, que por fin acarician la posibilidad de abrazar de nuevo a sus seres queridos o, en el peor de los casos, recuperar sus restos. Ayer ese entorno de dolor se volvió fiesta y proliferaban los brindis. Una mujer ataviada con los colores de la bandera estadounidense exhibía una pancarta de reconocimiento a Trump («aquel que salva una vida salva al mundo entero», decía el texto, tirando del Talmud), se coreaban peticiones de que le concedan el Nobel de la Paz e incluso apareció junto a la autopista una valla publicitaria con la efigie del magnate (y con la leyenda «gracias, señor presidente»). «Es un día mágico», proclamaba una mujer, mientras circulaba el comentario de que habría que ir cambiando el nombre oficioso del lugar por Plaza de los Retornados. «Estoy sonriendo de oreja a oreja y con lágrimas de alegría. Mis dos nietas mayores han venido y hemos bailado juntos», decía Danny, padre del rehén Omri Miran. «Este es el momento en el que mi familia vuelve a la vida», sentenciaba Rivka, esposa de Elkana Bobbot. Y la más expresiva era Einav, madre de Matan Zangauker: «No puedo respirar, no sé cómo hacerlo, ¡que alguien me dé un manual! ¿Qué le voy a decir? ¿Qué voy a hacer? Simplemente le diré que le quiero, eso es todo. No puedo explicar lo que siento, es una locura», declaraba, además de avisar a su hijo de que le preparará su estofado de carne favorito para festejar el reencuentro. Pero también aquí se evocaba el fiasco de febrero.

tracking