China le cambia a Trump Taiwan por grandes inversiones para EE UU
La primera visita en nueve años al gigante asiático permitirá al presidente dos reuniones con Xi

Trump ayer, en la Casa Blanca.
La primera llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2016 fue interpretada en China como evidencia del declive de Estados Unidos, la debilidad de su democracia y la inestabilidad del orden global. Y, por todo ello, una oportunidad histórica para promover sus intereses. El curso de los acontecimientos no ha hecho sino afianzar esa lectura, pese a algún que otro sobresalto. Una década más tarde la oportunidad, mayor que nunca, pisa suelo patrio.
La propaganda del régimen ha confirmado lo que ya era una certeza. El presidente estadounidense realizará una visita oficial a China desde este miércoles hasta el viernes, en la que mantendrá hasta dos encuentros con el líder chino, Xi Jinping. Ambos mandatarios «mantendrán un profundo intercambio de opiniones sobre las principales cuestiones relativas a las relaciones entre China y Estados Unidos, y a la paz y el desarrollo mundiales», comentó el portavoz del Ministerio de Exteriores, Guo Jiakun. El gigante asiático está dispuesto a trabajar con EE UU «en un espíritu de igualdad, respeto y beneficio mutuo, para ampliar la cooperación, gestionar las diferencias e inyectar mayor estabilidad en un mundo turbulento»
Los preparativos de la visita entran en la recta final. La avanzadilla estadounidense ya está en Pekín, incluida ‘La Bestia’, la limusina presidencial blindada, de unas siete toneladas de peso. Los efectivos de seguridad se han duplicado en cada intersección de Chang’an Dajie, la avenida que atraviesa la ciudad de este a oeste.
Todo ello ha requerido desempolvar un libreto olvidado desde hace una década. La última visita de un presidente estadounidense al gigante asiático se remonta a 2017, y fue protagonizada por el propio Trump. Queda de aquella cita su paseo por la Ciudad Prohibida, y el intercambio con Xi respecto a la antigüedad de las civilizaciones china y egipcia.
En esta ocasión, sin embargo, ambos tratarán conflictos más candentes. El regreso de Trump a la Casa Blanca supuso un segundo asalto en su guerra comercial. Los aranceles universales impuestos en abril del año pasado iniciaron un intercambio de golpes que elevó los sobrecostes estadounidenses al 145% y los chinos al 125%, un embargo oficioso que amenazaba con aniquilar los intercambios entre las dos primeras economías del mundo.
El régimen considera que, a cambio de cuantiosas inversiones, puede lograr que Trump abandone la «ambigüedad estratégica» para, en el mejor de los casos, expresar su apoyo a una «reunificación pacífica» o, al menos, su oposición a la independencia de la isla. «EE UU ha expresado en reiteradas ocasiones que su política hacia Taiwán no va a cambiar», apuntaba este lunes el ministro de Exteriores taiwanes, Lin Chia-lung. «Esperamos que no haya sorpresas».
Habrá más. Inteligencia artificial, armas nucleares y la suerte de presos políticos como el magnate Jimmy Lai o el pastor Ezra Jin Mingri serán asimismo temas de conversación. También la visita de Xi a EE UU, prevista para la segunda mitad de este año, será otra ocasión para profundizar en una oportunidad abierta. Para un mandatario tan transaccional como Trump, nada importa más que el dinero, salvo las apariencias. Las expectativas apuntan que ambos mandatarios podrían acordar la creación de sendas juntas de comercio e inversiones, cuya estructura y contenido quedaría para más adelante. China, además, podría incrementar las importaciones de energía, productos agrícolas y aviones Boeing estadounidenses. Los equipos negociadores, liderados por el vice primer ministro, He Lifeng, y el secretario del Tesoro, Scott Bessent, mantendrán hoy en Seúl una última ronda de negociaciones antes de la cita.
Ambos mandatarios se concedieron una tregua certificada durante su último cara a cara, el cual tuvo lugar en octubre del año pasado en la ciudad surcoreana de Busan, con motivo de la cumbre APEC de Gyeongju. «Dadas nuestras diferentes condiciones nacionales no siempre vemos las cosas del mismo modo, y es normal que las dos principales economías del mundo tengan fricciones de vez en cuando», aseguró entonces un conciliador Xi. Sin embargo, «siempre he creído que el desarrollo de China va de la mano de su visión de hacer a América grande otra vez», prosiguió, en referencia al famoso eslogan trumpista.