Diario de León
Publicado por
D. Beriaín - redacción
León

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José Antonio Bernal Gómez llevaba casi dos años en Irak al estallar la guerra. Cuando el cuerpo diplomático empezó a hacer las maletas él se quedó. Bernal y su superior fueron los últimos en abandonar Irak. Las gestiones que pudieron hacer en aquellos días propiciaron, como apuntaba a este periódico uno de los militares allí destinados, que la Embajada española fuera una de las pocas que se salvaron del saqueo que siguió a la caída del régimen. ¿Cómo lo hicieron? Pues como se hacen estas cosas: con contactos, algo de dinero y unos amigos iraquíes que se apostaron en las puertas del edificio con algunos kalashnikovs y muchas narices. A sus 34 años, este sargento primero del Ejército del Aire adscrito al CNI estaba casado y tenía una hija de tres años. Ni siquiera eso le paró a la hora de volver a ocupar su puesto tras el fin de las hostilidades. Fue el primero en volver. Quienes le conocían le definen como un gran militar, «cumplidor y activo, muy dedicado y entusiasta». Estudioso de la cultura árabe, en el tiempo que llevaba en Irak había conseguido empaparse del ambiente local. Jamás bebía alcohol, una circunstancia que sus compañeros, en tono cariñoso, utilizaban para gastarle bromas. Vivía solo en Bagdad, sin más seguridad que el vigilante nocturno de su casa y con apenas una pistola y un kalashnikov que él mismo se compró nada más llegar al país. Ayer ni siquiera tuvo oportunidad de usarlo.

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