Una reliquia de hace cuatro siglos
?l sistema electoral estadounidense es una enrevesada reliquia del siglo XVIII según la cual los ciudadanos con derecho a voto de cada uno de los cincuenta estados escogen a un número de electores que a su vez votan al presidente. El número de electores de cada estado es igual a la suma del número de congresistas en la Cámara de Representantes (una ponderación a partir del censo de población) y del número de senadores (dos por estado), sistema que intenta paliar la diferencia de peso entre los territorios más grandes y los más pequeños. Desde el siglo XIX existe una norma no escrita según la cual el candidato ganador en cada estado se lleva el apoyo de todos los electores, sin importar la diferencia de votos obtenida en las urnas. Este sistema provoca que unas pocas papeletas puedan ser decisivas, como ocurrió en el 2000. No obstante, los sondeos y la historia permiten asegurar que 28 de los 50 estados ya tienen ganador. De hecho, la carrera electoral se está desarrollando exclusivamente en los otros 22, que en estos comicios, por el cariz bélico de la campaña, han sido bautizados como el «campo de batalla». De esos 22, cuatro son decisivos hasta el punto de que si algún candidato lograra ganar tres, tendría prácticamente asegurada la victoria final: Florida, la democracia en el aire. El más grande de los estados bisagra es también el más disputado, según indican las encuestas, que se hacen a diario y que jamás se ponen de acuerdo. Bush necesita ganar Florida más que su oponente para aclarar las sombras de hace cuatro años, cuando los 537 votos de diferencia con Gore no le fueron otorgados directamente por los encargados del recuento,sino por los miembros de la Corte Suprema. Quizás sean las denuncias de pucherazo las que expliquen que la península del sur haya batido en esta ocasión el número de votantes registrados. En estas elecciones serán más decisivos que nunca los votos de dos minorías: judíos e hispanos. Los primeros, tradicionalmente demócratas, podrían dar un importante apoyo a la candidatura republicana debido a la controvertida política de George W. Bush en Oriente Medio. El voto hispano es mucho más difícil de pronosticar. En Florida viven dos millones largos de inmigrantes latinos. La mitad de ellos son cubanos exiliados y en circunstancias normales votarían por el partido republicano, pero en Miami no han sentado nada bien las restricciones impuestas para viajar a la isla caribeña. Pensilvania, el acero oxidado. Gore ganó aquí en el 2000 por apenas cinco puntos de ventaja, pero los asesores de Bush se han encargado durante estos cuatro años de que el presidente visite este estado más veces que ningún otro. Territorio eminentemente industrial, golpeado duramente por la recesión del 2001. En contra del presidente también juega que bajo su mandato se han eliminado los aranceles para proteger el acero local. La campaña de Kerry está abanderada aquí por su esposa, Teresa Heinz, que es de Pittsburgh y que puede arrastrar miles de votos femeninos. 1397124194 Ohio, el drama del paro. Ohio podría ser la zona cero pos-telectoral, puesto que en este estado aún se votará con papeletas mariposa. Bush ganó por 3,5 puntos en el 2000 y confirmó una tradición secular: ningún republicano ha llegado a la Casa Blanca sin ganar Ohio. Pero bajo su mandato se han destruido 270.000 empleos. 1397124194 Misuri, el espejo de América. Salvo en 1956, en los últimos cien años Misuri siempre ha votado al ganador. Sus características sociales, que incluyen una amplia brecha entre el mundo rural y el urbano -aún duele la guerra Norte-Sur aquí-, así como la variedad étnica, lo convierten en un espejo del país. Kerry dio una cifra reveladora en el debate del viernes: tras Estados Unidos y el Reino Unido, Misuri sería, por número de tropas enviadas a Irak, el tercer país de la coalición.