La eficiencia ceilandesa a flote
El biólogo asturiano José Ahimsa Campos Arceiz relata cómo encontró el sur de Sri Lanka unos días después del devastador maremoto que arrasó las costas de diez países Comunidades de pe
Varias familias esperan en el aeropuerto de Banda Aceh para ser evacuadas
Una semana después del tsunami que afectó al sur de Asia visité Hanbantota, una ciudad costera al sur de Sri Lanka. Había estado allí el día 27, sólo un día después de la gran ola, y sabía las condiciones en las que había quedado la ciudad. Toda su parte baja era entonces montones de escombros de casas, vehículos y vegetación. Y también cadaveres. Aquel día había cadáveres en cada esquina en que mirabas; cadáveres sin rescatar, sin identificar, sin localizar por los equipos de rescate. Policía y Ejército se concentraban básicamente en organizar el tráfico y el trabajo en la zona del puerto, y en reducir el número de curiosos que en nada mejoraban la situación. Una semana después esperaba encontrarme una situación terrible, con miles de personas en campos de refugiados, heridos sin tratamiento, gente sin lo más básico. Por ello fue una grata sorpresa escuchar lo que se expuso en una reunión mantenida entre autoridades y organizaciones locales y las oenegés internacionales movilizadas en la zona. Pasada una semana parecía que la situación estaba bajo control: había comida y medicinas para más de dos meses, todo el mundo había recibido ropas para salir del paso, y los campos de refugiados no eran tal sino más bien centros de distribución de recursos. Eficencia Ninguna epidemia parecía estar campando y el problema de los cadáveres había sido eficientemente resuelto. En condiciones normales diría que la eficiencia no es una de las muchas virtudes de este país, pero en este caso los habitantes de Sri Lanka habían sacado un sobresaliente. Lo cierto es que el tsunami ha sido un fenómeno extraño dentro del rango de catástrofes naturales. No cabe duda de su efecto devastador, basta ver las cifras de muertos. Sin embargo, su distribución geográfica es paradójica. Por un lado, ha afectado a todo el país: norte y sur, este y oeste, (la superficie es algo así como Galicia y Asturias juntas). Por otro, su distribución es muy limitada, concentrándose en una pequeña fracción en primera línea de costa, dejando intacto el resto. Algo que realmente me llamó la atención el día 27 mientras me dirigía al sur es que la vida se desarrollaba con total normalidad hasta llegar justo a las zonas afectadas. Aunque los ojos esperaban con inquietud encontrar devastación después de cada curva, lo que encontraban eran las mismas escenas de cualquier otro día. Así hasta a un kilómetro o dos de la costa. Un país fértil y solidario Sri Lanka es un país relativa-mente pobre, al menos en PIB y acceso a tecnología. Pero no tanto. Yo trabajo con comunidades muy pobres, gente que posee muy poco, y que no tiene ninguna garantía de cara al futuro. Sin embargo, esta gente a menudo tiene una casa mejor que la mía (en Tokio), y siempre buena y abundante co-mida en la mesa. Es un país fertil, y yo diría que nadie pasa hambre. La educación es también relativamente buena. En un par de días tras el tsunami pude ver como todo el mundo a mi alrededor: personal y estudiantes de las universidades, tenderos, vecinos en cada pueblo recolectaban sorprendentes cantidades de comida, agua y ropas, y las distribuían por todo el país. En la carretera todos los vehículos portaban una bandera blanca, color aquí del luto, y un buen porcentaje de los que circulaban iban cargados con ayudas para los afectados. Este país es fértil no sólo en sus suelos, sino también en sus gentes. En las zonas rurales, las mujeres jóvenes son todas madres activas, de abultados pechos lactantes, y hay niños de grandes ojos y largas pestañas mirándote desde todas las esquinas. Sri Lanka tiene una alta tasa de natalidad y está densamente poblado. Aunque yo diría que este es uno de sus principales problemas país, en este caso ha servido para que la mayoría de la gente que ha perdido su hogar haya sido alojada en casas próximas de familiares y amigos. Los que han perdido sus casas pasan buena parte del día en los templos y colegios convertidos ahora en centros de ayuda y distribución, pero a la hora de dormir regresan a un techo amigo, nada que ver con los campos que hemos visto en tantos países africanos. Exceso de oenegés En los días siguientes, las grandes y medianas oenegés internacionales fueron aterrizando en Colombo y distribuyéndose las zonas en las que trabajar. Parecen haber llegado cargadas de dinero, donado por ciudadanos de países lejanos. En Hanbantota además de Médicos Sin Fronteras y Oxfam han llegado grupos de Japón, Irlanda, China, Estados Unidos, entre otros. Todos llegaban aquí esperando un escenario terrible. La mayoría venía básicamente pensando en proporcionar ayuda médica y alimentos. Primeros auxilios. Sin embargo, todo eso ya estaba resuelto por la gente de Sri Lanka, y por unos días ha reinado la confusión entre estas organizaciones. Llamadas y más llamadas telefónicas para intentar reorganizar la forma de ayuda. La estrategia a seguir es clara: hay que centrarse en medidas a medio y largo plazo. Es una tontería traer más medicinas a un sitio donde ya «sobran». Líneas de actuación A modo de ejemplo, en Han-bantota Médicos Sin Fronteras ha decidido usar su dinero para... construir casas. Diría que tres son las líneas principales de actuación: 1) proporcionar nuevas viviendas (las autoridades locales tienen ya planes para construir cierta cantidad de casas temporales, usando asbestos, por cierto); 2) recons-truir las formas de ingresos para que la gente pueda volver a vivir con normalidad, y no tenga que depender de la beneficiencia; y 3) proporcionar ayuda especial a los sectores más vulnerables, como parientes desolados, viudas, etc. A veces da la impresión de que no se sabe muy bien qué hacer con todo el dinero. Tambien es cierto que con el dinero ha llegado a la zona un cierto síndrome Bienvenido Mr Marshall, en el que comunidades afectadas esperan una lluvia de ayudas que quizá nunca llegue a producirse. * José A. Campos Arceiz es biólogo en la Universidad de Tokio.