«¿Todavía existe una Unión Europea?»
El proceso de construcción europea es observado desde EE.?UU. con mucho escepticismo, cuando no con indiferencia, una actitud a la que no es ajeno su presidente, George W. Bush. Sociólogos del otro lado del charco, como el proeuropeo Jeremy Rifkin, admiten que a muchos colaboradores de la Casa Blanca el proyecto en el que están embarcados los Veinticinco les parece «algo quijotesco y en último término inútil». Bush dio pruebas en más de una ocasión de su total falta de respeto por la autonomía de decisión de la UE. Lo hizo en el 2001 en la ciudad sueca de Gotemburgo, cuando finamente se mofó de los líderes europeos que le exigían la ratificación del Protocolo de Kioto. También en diciembre del 2002, cuando llamó enfadado al primer ministro danés, Anders Fogh Rassmusen, para abogar por la adhesión de Turquía a la UE. Aunque quizás fuera en las semanas previas a la invasión de Irak, con motivo de la visita a Washington del entonces ministro turco de Exteriores, Yasar Yakis, cuando el político tejano mostró más abiertamente su fobia hacia el viejo continente. «¿Todavía existe una Unión Europea?», inquirió a Yakis, según publicó la prensa comunitaria, para exclamar de inmediato: «¡Si yo la he roto en tres!». El conflicto de Irak abrió la herida más grave entre ambos lados del Atlántico, hasta el punto de amenazar la salud interna de la UE. Por eso, el gesto de Bush de visitar hoy por primera vez dos instituciones comunitarias, como son el Consejo y la Comisión, se sitúa en la dirección correcta para que la indiferencia hacia Europa no sea al menos sangrante.