| Análisis | Nuevo levantamiento popular |
¿Una revolución de seda?
Revolución de las Rosas en Georgia, Revolución Naranja en Ucrania, Revolución de los Cedros en Líbano... ¿Podría llamarse revolución de seda a la Revolución de los Tulipanes , a lo que está sucediendo en Kirguizistán, uno de los puntos de paso de la antigua ruta de este tejido hacia Europa? El problema es que ni lo sucedido allí parece una revolución ni, a los pocos días, parece ir precisamente como la seda. Con una contra manifestación de apoyo al destituido presidente Akáyev camino de la capital Biskek y un recién instaurado gobierno que se siente amenazado por el mismo desorden que le ha llevado al poder, no se sabe bien si Kirguizistán espera el advenimiento de la sociedad civil o el de la guerra civil. A estas alturas no hay muchas dudas de que Washington, cuando menos, ha amparado lo que para muchos, incluso en la oposición, ha sido un golpe de estado. Estratégicamente situado entre Rusia y China, cercano a Afganistán, Kirguizistán es una base importante para los norteamericanos y, de hecho, el presidente Akáyev había hecho lo posible por congraciarse con ellos, permitiendo el estacionamiento de sus tropas en la base de Manas. Pero esto provocó una exigencia similar por parte de Rusia, particularmente preocupada por el control del Valle de Fergana, la región considerada con más futuro para el terrorismo islámico en Asia Central. Akáyev ha tenido que hacer malabarismos para complacer a las dos potencias, y por lo visto, le han salido mal. ¿Es casualidad que la revuelta contra él haya estallado a las pocas semanas de rechazar una solicitud de Washington para estacionar sus aviones-espía AWACS en Kirguizistán, y autorizar sin embargo que los rusos doblasen sus efectivos? Quizá no. Evidentemente, Akáyev estaba muy lejos de ser el ideal de la democracia, y es cierto que desde hace unos años mostraba una clara tendencia a perpetuarse en el poder y hacerlo hereditario, pero la acusación de que falsificó las elecciones, aceptada por la prensa internacional sin mayores comprobaciones, es cuando menos discutible. Si uno mira los resultados, los partidos que apoyaban a Akáyev (Alga Kyirgyzistan y Adilet) lograron sólo 24 de los 75 escaños, algo extraño en caso de pucherazo. Los observadores de la CEI alabaron la limpieza del proceso y aunque Javier Solana haya insinuado que las elecciones «no alcanzaron los niveles de transparencia» deseados, sus propios observadores en el terreno, la Osce, escriben en su informe que éstas «reflejan en general los deseos de la mayoría». En todo caso, los disturbios estallaron antes de que las elecciones se celebrasen, posiblemente con una motivación más económica que política. Un país empobrecido El sur, la región donde se iniciaron, es la parte más pobre de un país gravemente empobrecido: un 60% de la población de Kirguizistán está por debajo del umbral de la pobreza, un quinto han emigrado, y la deuda externa del país es la mayor de Asia Central (en gran parte, dicho sea de paso, debido al afán de Akáyev en seguir los dictados del a menudo desafortunado Fondo Monetario Internacional). Extender el motín a la capital ha sido el único mérito visible de la oposición, formada, como en Ucrania y Georgia, exclusivamente por antiguos colaboradores de Akáyev que se han distanciado de él más por motivos personales que doctrinarios, y que se han beneficiado de la tupida red de organizaciones de cooperación que financia Washington en Kirguizistán. Son casi doscientas, entre ellas las sesenta publicaciones opositoras que USAID (la cooperación oficial norteamericana) imprime en Biskek. Una de estas ONG, el grupo juvenil Kel-Kel, precisamente el que inició el asalto al palacio presidencial, se benefició de un viaje de estudios a Kiev durante la revolución naranja. ¿Qué esperan obtener los norteamericanos? Un punto de partida: la democratización de un país de mayoría musulmana como Kirguizistán podría ser un catalizador para toda Asia Central. Aunque, como siempre, el peligro es la inestabilidad en una región a menudo sacudida por guerras étnicas. Ayer, el nuevo presidente de Kirguizistán, Kurmanbek Bakáyev, aseguraba en Biskek que no, que la situación está ya bajo control. Un periodista le preguntó por qué habían cambiado la sede de la rueda de prensa. Bakáyev reconoció entonces que la policía le había dicho que no podía garantizar su seguridad. Posiblemente, la de nadie en Kirguizistán. Al menos, de momento.