Diario de León

| Reportaje | Las torutras en la base norteamericana en Cuba |

Ochocientos días en Guantánamo

El marroquí Brahim Benchacroum estuvo dos años y tres meses en la prisión de Guantánamo tras ser detenido en Pakistán cuando realizaba estudios islámicos

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«Lo peor era cuando los soldados americanos cogían el sagrado Co-rán, lo tiraban al suelo, lo rompían, meaban sobre él y luego lo tiraban al agujero donde cagábamos. Eso me dolía más que las torturas». Brahim Benchacroum es un marroquí que pasó dos años y tres meses en la prisión de Guantánamo. Como a muchos otros supuestos integrantes de Al Qaida, Estados Unidos lo encerró en el limbo jurídico de esa base norteamericana sin juicio, sin acusación formal y sin abogados. Hace poco más de un mes fue liberado. Brahim tiene 26 años, pero sea por genética o por lo que ha sufrido pareciera tener cuarenta y muchos. Su pelo y su barba están llenos de canas. Sus ojos grandes encierran una melancolía infinita. Habla con un hilo de voz que oscila entre la serenidad y la tristeza. La pesadilla de Brahim empezó a finales del 2001, en Lahore, Pa-kistán. Estaba allí realizando sus estudios islámicos, como miles de musulmanes que buscan en las madrazas (escuelas coránicas) paquistaníes una interpretación más auténtica del Islam. Su ilu-sión, cuenta, era terminarlos para volver a Marruecos y ser profesor. «Tras el 11-S, la policía paquistaní empezó a hacer redadas masivas. Los americanos les pagaban 500 dólares por cada terrorista que capturaran, así que detenían a to-dos los árabes. Después les decían que eran peligrosos terroristas. Eso fue lo que me pasó a mí», dice. Brahim estuvo detenido 40 días en Lahore. Durante todo este tiempo nadie lo interrogó y nadie le dijo de qué le acusaban. Hasta que un día de finales de año le entregaron a los norteamericanos en el aeropuerto militar de Islamabad. Su destino era Afganistán, en concreto la base de Bagram, un antiguo fortín sovié-tico al norte de Kabul que Estados Unidos había convertido en uno de sus principales destacamentos tras su victoria sobre los talibanes. «Fue ahí cuando empezaron los in-terrogatorios. Un hombre del FBI me preguntó que si había estado en Afganistán, que si conocía a alguien de Al Qaida, que si había combatido con los talibanes. Yo le decía siempre lo mismo: que no sabía nada, que sólo estudiaba en Pakistán. Me llevaban a golpes al interrogatorio. Si no contestabas lo que ellos querían te pegaban más». De allí fue trasladado a la base de Kandahar, al sur del país. Fueron dos meses y medio «terribles, los peores de todo el cautiverio». Brahim ocupaba junto a otros nueve presos una carpa de madera de 10 metros cuadrados. Dormían unos pegados a los otros, en fila, para aprovechar el espacio y combatir el terrible frío del invierno afgano. La situación se volvió aún más insoportable cuando llegó el calor. «Nos tenían siempre encadenados de pies y manos. No nos daban agua para asearnos. Una vez al mes nos metían en un agujero lleno de agua y nos daban una cazo para que nos laváramos. Mientras lo hacíamos nos miraban desnudos y nos sacaban fotos. Nos torturaban y nos interrogaban a diario. En varias ocasiones me llegaron a poner una pistola en la sien y amenazaban con matarme si no confesaba. Yo les decía que no sabía nada y entonces apretaban el gatillo», cuenta. En Kandahar compartió cautiverio con otros 200 presos. Todos vestían un mono azul y un brazalete blanco con un número de identificación. El suyo era el 587. El viaje a Guantánamo Una mañana de abril o mayo del 2002 uno de los militares norteamericanos trajo una lista con números. El 587 estaba en ella. Los seleccionados fueron desnudados . Les taparon los ojos y les pusieron unos cascos en la cabeza. «Estuvimos así unas veinte horas, sentados y sin saber a dónde nos iban a llevar. Nos subieron a un avión. A algunos les dieron sedantes para que no molestaran, a otros descargas eléctricas para inmovilizarlos», dice. Fueron ocho horas de vuelo, una escala para cambiar de avión, dos manzanas para comer y otras quince horas de viaje, siempre con las manos atadas a la espalda. Y entonces, llegaron a Guantánamo. Eran las dos de la tarde y caía un sol de justicia. «Me volvieron a hacer las mismas preguntas que en Kandahar y volví a darles las mismas respuestas. En-tonces el militar cogió un papel en blanco y escribió 'Al Qaida'. Me lo enseñó y lo metió en la carpeta de mi expediente. Después me dijo: 'Te vas a pasar aquí metido toda tu puta vida'». Los interrogatorios fueron diarios las dos primeras semanas. Después se fueron espaciando en el tiempo, hasta hacerlos quincenales. «Guantánamo está pensado para volverte loco. Todo está construi-do para minarte la moral. La celda es claustrofóbica, en las jaulas de paseo no hay espacio ni para correr un poco. Estás todo el tiempo solo y no está permitido hablar, aunque lo hacíamos a escondidas. Los mé-todos de tortura son de los que no dejan huella, pero te hunden. Como meterte en una habitación con el aire acondicionado muy muy frío y luego subírtelo de repente a un calor insoportable. Aquello es tan duro que hasta los guardias ame-ricanos nos preguntaban cómo podíamos aguantarlo, porque ellos no podrían». Las humillaciones sexuales, a las que tan sensibles son los musulmanes, también estaban presentes. «Ellos sabían lo que a nosotros nos hacía más daño y no dudaban en usarlo», dice. Brahim cuenta que entre los prisioneros se oían testimonios de abusos e in-cluso de violaciones, pero él dice que no sufrió ninguno. «Lo que sí ocurría a veces es que las militares que tenían la regla -algo que en el Islam tiene connotaciones muy pecaminosas- venían delante de tí, se quitaban la compresa y la tiraban a la cara», dice. Brahim pasó dos años y tres meses en Guantánamo. Salió de allí el 31 de julio del año pasado, después de que una oficial llamada Ana le comunicara que no tenían nada contra él. «Les llevó dos años y medio de interrogatorio darse cuenta de que los paquistaníes les habían enga-ñado», comenta. Fue entregado a las autoridades de Marruecos, que lo encarcelaron hasta finales de marzo. En todo este tiempo nunca hubo una acusación formal contra él. 5 DE LA MADRUGADA. Los prisioneros se levantan voluntariamente para la oración de la mañana. Se reza en la celda, donde el camastro métalico con colchón fino apenas deja espacio para algo más. Los reclusos no llevan reloj, así que piden a los soldados que los despierten, cosa que casi nunca hacen. 6.30, DESAYUNO. Como el resto de las comidas, se toma en la celda. Un vaso de leche en polvo, dos tostadas, un huevo en tortilla o duro y un vaso de té. 9 DE LA MAÑANA. Los guardias buscan a los prisioneros y los van sacando uno a uno a las jaulas de paseo, de unos cinco metros de largo por tres de ancho. «Son tan pequeñas que apenas se puede correr o hacer ejercicio», dice Brahim. El paseo dura 20 minutos y se hace en solitario. Este es todo el tiempo que pasan fuera de sus celdas. 9.30 DE LA MAÑANA. A la salida de la jaula los prisioneros son conducidos a las duchas. El aseo dura cinco minutos. Siempre con agua fría. A veces se les da un trozo de jabón. 12 DEL MEDIODÍA. Se sirve la comida en la celda. Casi siempre son legumbres en un plato de plástico. El segundo plato suele ser carne, pero la mayoría no lo come porque tienen miedo de que sea cerdo (prohibido por la religión musulmana) o que no se haya matado según el rito islámico. RESTO DEL DÍA. Se pasa en la celda, de 2 metros de ancho por 1,70 de largo. «O lees el Corán o das pasos a un lado y a otro. Hablar está prohibido, pero en cuanto se iban los soldados nos susurrábamos cosas».

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