La «grandeur» se desinfla

No hace falta estar especialmente bien informado para saber que los franceses viven en un permanente estado de cabreo con su Gobierno. Controladores aéreos, ferroviarios y carteros alteran la vida cotidiana del resto del mundo con sus frecuentes huelgas. A veces todos al mismo tiempo como ha ocurrido repetidamente en estos tres últimos años del Ejecutivo de Jean-Pierre Raffarin. Presumen de haber sido los primeros en proclamar los derechos humanos, de ser el primer destino turístico mundial y de tener una excelente mesa y mejor vino. Pero de la grandeur de antaño queda poco y la crisis también ha llegado a las vinas de Burdeos. La mayoría son lo suficientemente cultos como para leer una media de 11 libros anuales. La mitad de los hogares tienen ordenador; casi todos, television y un 60%, lector de DVD. Pero al mismo tiempo, un 6% de la población ronda los umbrales de la pobreza y va tirando con los 425 euros mensuales del salario social. Nubarrones económicos Los sindicatos se han alzado en armas por el aumento del paro, situado ahora en un histórico 10%, pero también por el empeño del Gobierno en acabar con la jornada semanal de 35 horas. Las previsiones de la Organizacion de Cooperación y Desarrollo Económico han echado todo un jarro de agua fría sobre las expectativas al revisar a la baja sus planes de crecimiento. Un panorama sombrío que promete alimentar aún más el descontento social. El rosario de huelgas entre los trabajadores públicos se extiende al sector privado. Las últimas movilizaciones en algunos gigantes de la economía francesa como Total o Carrefour han pillado por sorpresa al Gobierno, que se enfrenta a un nuevo calendario de protestas.