OPINIÓN
Cantonalismo y comodidad
TODOS los eurofuncionarios y dirigentes sociales, económicos y políticos de los Veinticinco -salvo quienes cierran los ojos y los que se empeñan en utilizar gafas ideológicas o territorialistas- saben y reconocen que el inglés es la lengua franca en las relaciones internas, y también en las trasnacionales que más interesan a la Unión Europea. Por razones similares -y también objetivas-, a continuación del inglés, los idiomas que más utilidad tienen para el futuro de la UE por motivos demográficos, económicos y geopolíticos son, por este orden, el español (predominante en el conjunto del continente americano), el francés (que en el centro y cuadrante noroccidental de África, así como en organismos como la OCDE es lengua fundamental), el alemán (por ser el idioma del país más poblado de la UE, al que hay que añadir Austria), y el ruso (por ser el del país más poblado de Europa y, a la postre, el mercado manda mucho...). En definitiva, que si en los consejos y demás reuniones de los Veinticinco hay problemas con la lengua vehicular es porque la inteligencia política y el pragmatismo en el seno de la UE todavía son, por desgracia, más bien bajos. Cosa bien distinta es la inevitable dificultad que supone mantener debates a veinticinco cuando hay que tomar decisiones que afectan a los habitantes de otros tantos países diferentes, a lo que se suman -¡aunque Bruselas prefiera obviarlo!- partidismos, estrategias empresariales y equilibrios geopolíticos, amén de otras cosas, que afectan a poblaciones, instituciones y también (¡atención!) a corporaciones multinacionales de Brasil, Canadá, China, EE.UU., la India, Japón y Rusia, entre otros. Que nadie se llame a engaño: hay países extracomunitarios que tienen voz y voto en las reuniones a veinticinco. El caso más flagrante es el de Estados Unidos, que siempre ha estado bien representado y mejor defendido (habitualmente, la embajada de Washington ante la UE la asume Londres). Así las cosas, la dificultad que presuntamente se deriva de la existencia de veinte idiomas oficiales obedece a que en la cultura política comunitaria todavía se anteponen lo formal (la lengua como símbolo) a lo sustancial (tomar decisiones). Sin embargo, en esa Babel lo único realmente preocupante es que eviten llamar a las cosas por su nombre.