De Pinochet & CIA. a Bachelet S.A.
Cuando derrocaron el régimen de Salvador Allende los generales «Pinochet, Toribio y CIA.», según brillante marca acuñada en su día por Vázquez Montalbán, Michelle Bachelet tenía 22 años y estudiaba Medicina. Su padre murió en la cárcel y ella, exiliada, terminó sus estudios en Berlín. Un portavoz de la derecha la ridiculizaba así al cerrar la campaña: «No necesitamos alguien que hable seis idiomas, sino alguien que sepa gobernar». Había huellas de impotencia, incluso elec-toral, en esa declaración. Sin duda, Salvador Piñera sabe gobernar, al menos sus empresas, de forma brillante. Familiar de políticos democristianos, se corrió un poco más a la derecha, pero sin caer en el pinochetismo de Joaquín Lavín, quien reconoce su pertenencia al Opus Dei. Es tal la presencia del Opus en Chile que hasta monseñor Escrivá, más tarde canonizado, tiene una avenida a su nombre en Santiago. Hasta eso cambia en Chile, un país que la democracia recuperada hace dieciséis años ha transformado radicalmente. Lagos lo sembró de carreteras y autopistas y le rectificó el rumbo dirigiéndolo hacia la sociedad de la información. Sus herederos deberán terminar la tarea porque no dio tiempo a cerrar las cicatrices sociales -un país de los que más crece pero a la cola en equidad-, ni a colocar a la mujer en el puesto que le corresponde, entre otras asignaturas pendientes. Pero Bachelet también sabe gobernar. Lo hizo como ministra de Salud y después gobernó los ejércitos de Chile que tienen por cierto un gran empeño en contar, a quien les pre-gunta, que lo pasado es historia y que su jefe supremo es el presidente de la República que los chilenos elijan. No es un milagro casual. Es el trabajo de años de generales razo-nables y, en especial, del que recibió el encargo de Lagos de modernizar la institución: Juan Emilio Cheyre, un general doctorado en Ciencias Políticas en Madrid y que tiene en su despacho dos fotos con antiguos superiores: una con Pinochet, porque le entregó su despacho en la academia y es su historia personal, y otra con Schneider, el jefe militar supremo que un comando derechista asesinó para desestabilizar a Allende. En aquel atentado se vio la mano de la CIA que se volcó para desestabilizar la Unidad Popular, como prueban los documentos desclasificados. Después Pinochet ya se valía solo y creó su propia CIA. de generales golpistas ahora despreciados. La empresa presidencial de Bache-let se diseñó como una sociedad anónima. Ni siquiera de su drama personal hizo bandera. Las mujeres de Chile tienen acciones mayorita-riamente, pero buena parte de hom-bres confían en que prosiga la tarea modernizadora de Lagos. «Un Chile con rostro de mujer», como ella dice, pero sin rastro de injusticia, como la mayoría desea.