| Reportaje | Un año después de la «desconexión» |
Gaza, sumida en una gran crisis
La situación en la ciudad palestina es tan grave que el presidente de la Autoridad Nacional, Mahmud Abás, y el primer ministro, Ismail Haniye, plantean un gobierno de unidad nacional

Unos jóvenes ayudan a otro palestino después de que recibiera un tiro en la cara en Askara
El primer aniversario del comienzo del proceso de «desconexión» pasó ayer sin pena ni gloria en Gaza, donde la situación es tan grave que el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás, y el primer ministro, el islamista Ismail Haniye, contemplan crear un gobierno de unidad nacional. Abás, dirigente del movimiento nacionalista Al Fatah, y Haniye, del movimiento islamista Hamás, se reunieron ayer a puerta cerrada después de que el presidente de la ANP se entrevistara con representantes de las facciones armadas. Ninguno de los dos hizo declaraciones al salir de la reunión, que duró tres horas, y el portavoz de la Presidencia palestina, Nabil Abu Rudaina, se limitó a decir que habían analizado la situación en los territorios palestinos y varias cuestiones de carácter interno. El presidente quiere buscar, además, la posibilidad de un alto el fuego con Israel y examinar el caso del soldado israelí Guilad Shalit, capturado el pasado 25 de junio en Gaza por milicianos de Hamás. La captura de Shalit dio lugar a una operación militar israelí contra Gaza que precedió a la que concluyó el lune con un alto el fuego en el Líbano (en cumplimiento de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU), que también empezó con el secuestro de dos soldados. Ahora muchos palestinos temen que Israel vuelva a centrarse en Gaza y un periodista israelí del diario Haaretz citó ayer a un jefe de los servicios de seguridad palestinos que le dijo: «Si encuentra usted a Shalit, háganos un favor y lléveselo». Al principio de la crisis éste no era el sentimiento de los palestinos que querían canjear el soldado contra presos suyos detenidos en cárceles israelíes. Pero desde hace más de mes y medio los ataques israelíes y sus consecuencias para la economía y la vida cotidiana han dejado mella. El ministro de Economía palestino, Aladín Araj, cifró recientemente las pérdidas ocasionadas por la actual operación (llamada «Lluvia de verano») en unos 100 millones de dólares, contando el destrozo de las infraestructuras y el descenso de la actividad económica. Problema multitudinario Entre los damnificados de la crisis se encuentran unos 400 empresarios y trabajadores del campo que empezaron, tras la desconexión -el proceso por el que Israel abandonó sus asentamientos y se retiró de Gaza hace un año-, a explotar los invernaderos dejados por los colonos de los que apenas exportan nada. La retirada israelí ha tenido pocos efectos sobre la autonomía real de Gaza porque Israel ha seguido controlando las entradas a la franja, salvo el paso de Rafah con Egipto, en el que la Unión Europea actúa como observador y que ahora también se ha cerrado por intervención israelí. Los cierres de las fronteras, afirma la asociación de empresarios de Gaza, está teniendo peores efectos sobre la economía que cualquier destrucción de infraestructuras. Esta, sin embargo, tiene una incidencia sobre la vida cotidiana en Gaza donde, debido a la destrucción del principal generador de la franja al principio de la operación, se recibe la energía directamente de líneas de alta tensión de Israel, que no se pueden sobrecargar, y por camiones de fuel. Actualmente, los habitantes de Gaza reciben ocho horas de luz al día, dos más que al principio de la crisis, y la electricidad llega a veces durante el día a veces por la noche a un barrio u otro. Esto afecta también el suministro de agua pues las reservas de Gaza son subterráneas y hace falta bombeo. A esto se suma la situación de precariedad financiera debida a la retirada de ayudas occidentales desde que Hamás, que no reconoce a Israel y no ha repudiado la violencia, asumió el gobierno en marzo.