| Crónica | La historia de un funcionario en paro |
El duro camino de los vencidos
Mohamed era diplomático con Sadam Huseín y dice que conoció al rey Juan Carlos. Ahora sólo es otro iraquí despojado de todo lo que tuvo y amenazado por las milicias y la policía.

El suní Mohamed habla por teléfono detrás de su hijo Tarek
«Perdone que les haya llamado a ustedes, pero ya sabe que no puedo llevar a mi hijo al hospital. Nos matarían». El capitán norteamericano tranquiliza a Mohamed, que sostiene las piernas de su hijo Tarek mientras un médico militar le cose la boca que le han abierto de una patada jugando al fútbol. «Ah, por cierto. Hace dos días los milicianos chiíes nos lanzaron varios morteros, pero gracias a Dios no mataron a nadie», dice el iraquí. Mohamed es un suní bajito y regordete, un hombre venido a menos. En sus buenos tiempos, los de Sadam Huseín, se pateó los países del Este de Europa y Turquía trabajando como diplomático para el régimen. Era un privilegiado, un suní en un régimen de suníes, una minoría gobernando sobre el resto del país durante décadas. «Una vez estuve en Grecia con el presidente de España, con Juan Carlos», dice. Pero ahora Mohamed vive en una casa modesta, en un barrio bagdadí de mayoría chií donde no es bienvenido. Y si no fuera por la protección de sus antiguos enemigos, EE.UU., seguramente los milicianos chiíes ya lo habrían matado. No fue la caída del régimen de Sadam lo que echó a perder la vida de Mohamed. Al fin y al cabo él no era un convencido del sistema. Si se unió al partido Baaz fue porque esa era la única forma de trabajar y ascender, de la misma forma que muchos en España se afiliaron al Movimiento de la dictadura franquista para poder tener una carrera profesional. Mohamed era simplemente un técnico de la Administración, así que no soltó ninguna lágrima cuando cayó la estatua de Sadam junto al hotel Palestina. Lo que de verdad terminó con su trabajo ocurrió unos meses después, cuando Bush nombró a Paul Bremer administrador civil para Irak y le entregó el poder absoluto sobre este país. Bremer, que tenía un conocimiento nulo sobre Irak, tomó dos decisiones que lo cambiaron todo: disolvió el Ejército y mandó purgar la Administración de antiguos miembros del Baaz. Con la primera lo único que consiguió es que militares bien entrenados, la mayoría suníes, se quedaran sin trabajo y humillados. Muchos pasaron a engrosar las filas de la insurgencia. Con la segunda medida, mandó a la calle a muchos técnicos como Mohamed que hacían funcionar el sistema. A nadie se le habría ocurrido tras morir Franco mandar a la calle a todos los funcionarios que habían trabajado para el régimen. Pero eso fue lo que Bremer decidió. Irak se quedó sin Estado y Mohamed sin posibilidad de trabajar. Tarek, su hijo, llora y grita mientras los médicos norteamericanos le curan la boca y se la cosen con puntadas profundas. «Cuando los chiíes llegaron al Gobierno, hicieron desaparecer mi hoja de servicios, mi vida laboral. Ahora no existo para ellos, ni puedo trabajar, ni recibir asistencia sanitaria. Lo único que puedo esperar de ellos es que me maten». El capitán intenta calmar a la madre de Tarek, que llora desconsolada al ver sufrir a su pequeño mientras abraza a la menor de sus hijas. El militar intenta saludar a la niña, pero ella se da la vuelta. «Tiene miedo de los uniformes desde que la policía iraquí me pegó una paliza. Sólo porque soy suní. La policí está totalmente hecha con las milicias chiíes, sólo son una banda de asesinos».Así que lo único que le queda a Mohamed es colaborar con los norteamericanos. Les ayuda a extender el suministro de electricidad y les informa de lo que pasa en el barrio. Y su historia es el mejor ejemplo de cómo ha cambiado la guerra y la vida de los suníes en Irak. Un día dirigieron este país a su antojo. Ahora, o engrosan la insurgencia o dependen de los invasores para mantenerse vivos.