OPINIÓN
El efecto Arca de Zoé
EL CASO de la oenegé francesa El Arca de Zoé ya ha dado varias vueltas al mundo. Seis de sus componentes -que supuestamente pretendían trasladar a Francia a un centenar de niños huérfanos de Darfur (Sudán) para evitar su muerte por inanición- y otros tres periodistas, han sido acusados en Chad del rapto de los menores (el tráfico de los mismos no está tipificado penalmente); además, por una mala jugada del destino, siete españoles, miembros de la tripulación del avión contratado para la evacuación, y un piloto belga, fueron considerados como cómplices. Lo sucedido nos recuerda, por un lado, que vivimos en un mundo muy convulso, en el que los impulsos humanitarios se pueden pervertir y convertirse en acciones delictivas. Por otro, nos ilustra sobre lo que puede suceder cuando dichas acciones tienen lugar en un país de gobierno despótico y pasado colonial, y son realizadas precisamente por parte de ciudadanos de la ex potencia colonial. En el plano de los hechos las cosas se van aclarando. Los miembros de la oenegé francesa sabían que en una región tan caótica como el este de Chad, que cuenta con 230.000 refugiados de Darfur y 180.000 desplazados internos, era imposible tener garantías de que los niños eran huérfanos. El resultado, según un informe del Acnur y Cruz Roja Internacional, es que la gran mayoría de los menores proceden de una zona de Chad fronteriza con Sudán y que un 90% tiene al menos un adulto al que consideran un familiar (sin mayores precisiones). En cuanto al ámbito político, las dinámicas son todavía más complejas. Para Francia, a la que se le presupone una amplia experiencia diplomática, la situación es, cuando menos, paradójica. Sus esfuerzos negociadores (desmarcando a los españoles y periodistas franceses del resto) van encaminados a que sus ciudadanos sean juzgados en su propio país, pero para ello tiene que apoyarse en la intermediación del presidente libio Gadafi (de nefastas credenciales en materia de derechos humanos) e intentar, a la vez, que no peligre el despliegue en la región de una fuerza europea de carácter humanitario, liderada por Francia y prevista para fechas próximas. A su vez, cabe constatar que para unos regímenes represores como el de Chad (aliado tradicional de Francia) y Sudán, lo acontecido es una auténtica bendición. La posibilidad de añadir a su retórica habitual contra occidente (de corte antiimperialista) un caso concreto de flagrante contradicción entre los derechos universales proclamados y la práctica de los mismos (como, por otra parte, sucedió durante el colonialismo) es el mejor regalo que se les puede hacer. La prueba al efecto son las manifestaciones y reacciones que están teniendo lugar in situ, y que están perjudicando a las oenegé internacionales que llevan a cabo su trabajo en la región, y que, dicho sea de paso, cumplen estrictamente con los códigos de conducta. En todo este desconcierto geopolítico España apenas tiene un hilo de voz. Razón de más para que sus esfuerzos diplomáticos tengan en todo momento un representación del máximo nivel. Sobre todo ahora que el presidente chadiano se ha mostrado confiado en la rápida liberación de los españoles.