25 AÑOS CONTRA EL MALTRATO. UN RECURSO PIONERO EN LEÓN
«Me marché cuando vi la muerte»
Un total de 321 mujeres y 345 niños y niñas han pasado por la casa de acogida Simone de Beauvoir desde su apertura. «Cuando has vivido malos tratos nunca vuelves a ser la misma», afirma una joven extranjera que dejó atrás el maltrato continuado de un marido que la exigía «ponerme velo» y le prohibía «estudiar y trabajar» y vive en la casa de acogida Simone de Beauvoir de León. Una española que soporto 19 años de maltrato y ahora es independiente asegura: «Me marché de casa porque vi la muerte».

«La casa de acogida de Simone de Beauvoir es como mi segunda casa: me quieren con locura y yo a ellas».
La casa de acogida Simone de Beauvoir de León cumple 25 años. Fue el primer «refugio» que se abrió en León, en junio de 1987, para dar cobijo a mujeres víctimas de malos tratos en su pareja. «No existía el término de violencia de género ni los malos tratos estaban tipificados como delitos en el Código Penal», recuerda Encina Gutiérrez, la actual presidenta.
La asociación feminista Flora Tristán, nacida en León en 1975, fue la impulsora de este proyecto al que bautizaron con el nombre de la filósofa y escritora francesa, autora de El segundo sexo . Una maestra, Nati Fuentes, Milagros Pérez y la abogada Covadonga Gutiérrez pusieron en marcha la idea.
Desde entonces han sido acogidas en la casa —ubicada en diferentes lugares de la ciudad a lo largo del tiempo— un total de 321 mujeres con 345 hijos e hijas menores de edad. «En este tiempo ha habido un cambio de sensibilidad y mentalidad de los poderes públicos, con un aumento progresivo de ayudas y prestaciones sociales», subraya María Jesús Blanco, la directora.
Los tiempos heróicos
«Las mujeres que pasaron por este recurso con anterioridad al 2005 fueron verdaderas heroínas; todo lo que conseguían era a base de esfuerzo y de dejarse la piel para salir adelante», añade.
Fátima, nombre ficticio de una mujer extranjera que vive actualmente en el piso de acogida, ofrece su testimonio en este 25 aniversario, junto a Melisa, también nombre ficticio, una española que salió de la casa en el 2009 cuando, después de 15 meses, ya estaba preparada para hacer una vida independiente.
«Vine muy mal y me vino muy bien pasar por aquí», cuenta Melisa. Cuando llegó a la casa «estaba tan anulada que no sabía ni cocinar, después de haberlo hecho toda la vida». Había soportado 19 años de malos tratos, retiró la primera denuncia en 1993 y se marchó de casa en el 2007 «cuando vi la muerte», cansada de callar. «Salí de casa con lo puesto, me encontré con la policía local y fueron ellos quienes me llevaron a poner la denuncia: ‘suba y vamos’, me dijeron cuando me encontraron llorando por la calle», relata. La sentencia acaba de salir. Su ex marido ha sido condenado a un año de prisión, que no cumplirá, y una indemnización de 2.000 euros.
Melisa tiene una orden de protección y lleva consigo el teléfono de emergencias de Cruz Roja para evitar cualquier incidente. En su historia personal ha escrito una gran lección: «No perdones», le acosenja a cualquier mujer que los sufra. «El que pega una vez, pega toda la vida», añade. «Basta ya», reclama.
Aún le duele haber dejado su casa. «Donde mejor puede estar una madre es en casa con su hijo, pero me vino muy bien salir porque era un calvario», asegura emocionada. «No podía vivir todo el tiempo amenazada», subraya.
Hoy Simone de Beauvoir gestiona, además de la casa, un centro de intervención y un centro de día para menores. «Empezamos en soledad y con mucha ignorancia», recordaba Milagros Pérez, directora de la casa hasta el año 2004.
Las más vulnerables
«Los primeros años todas las mujeres eran españolas. Después la población extranjera fue aumentando de forma exponencial hasta este año 2012 que, de forma inexplicable, ha ido descendiendo», añade María Jesús Blanco, trabajadora social y actual directora, con 21 años de experiencia en el proyecto de Simone de Beauvoir.
La situación de vulnerabilidad de las mujeres inmigrantes supuso una vuelta atrás a la actitud combativa de los comienzos. «Durante los últimos años el gran reto de las casas de acogida y de los servicios sociales han sido las mujeres inmigrantes que sufren una doble o triple discriminación, pues además de la violencia en muchos casos están indocumentadas», explica.
Carecer de papeles significa no poder acceder a las ayudas económicas y a las prestaciones sanitarias. «Las tarjetas sanitarias para mujeres, incluso de Rumanía y Bulgaria, ya nos las niegan desde noviembre, desde antes de que se pusiera en marcha el nuevo dispositivo xenófobo del Gobierno», aclara.
Fatima es ahora la única inmigrante que vive en la casa de acogida. Llegó desde Salamanca a través del centro de emergencias de Cruz Roja en Ponferrada. Tiene 21 años y entró en el dispositivo de atención a víctimas de malos tratos de Castilla y León hace tres años, con apenas 18. Su cuerpo tiene secuelas de la agresión que la llevó al hospital.
Hasta entonces aguantó cuatro meses de maltrato diario, el tiempo que llevaban casados. El matrimonio se había celebrado en su país: «Allí no me ponía el velo y le dije que quería estudiar, pero cuando me casé me decía que lo tenía que poner y que no podía estudiar ni trabajar», relata. Le pidió el divorcio: «Cuanto más se lo pedía, más me pegaba y maltrataba», agrega.
En Salamanca no conocía a nadie y «no quería denunciarle», pero al llegar al hospital se puso en marcha el protocolo de denuncia a través de los servicios sanitarios. Fátima llegó a retirar la denuncia a cambio del divorcio, pero, tras varios meses de rehabilitación, al saber que tenía cortado el nervio de la mano (perdió la sensibilidad en tres dedos) volvió a denunciarle. «Aceptó cinco años de alejamiento», añade.
«Nunca serás la misma»
Las cicatrices no son sólo físicas. «Ya nunca vuelves a ser la misma», asegura Fátima. El único consejo que ofrece a las jóvenes es que «no consientan que nunca un hombre te haga sentir menos que es más que tú» y aconseja estar muy atenta a las «señales»: «Mi ex marido decía a menudo que mandaba en mí más que mi padre», explica.
La estancia en la casa de acogida le ha permitido encontrar un trabajo e iniciar los estudios que deseaba. Acaba de terminar los exámenes del primer curso y se siente una mujer nueva, «mucho más madura de lo que me corresponde por edad, es como si hubiera pasado mucho más tiempo que tres años», explica.
Ahora su objetivo es concluir el módulo formativo y poder encontrar un trabajo en la rama química, aquí o en su país.
El aumento de la oferta formativa para las mujeres víctimas de malos tratos ha sido otro de los logros de los que se han beneficiado en este tiempo. «Han aumentado las ofertas de formación para mujeres en situación de especial necesidad y durante casi diez años ha funcionado el plan Dike con más o menos éxito», explica la directora.
Era de incertidumbre
Pero la crisis también llegó a la lucha contra la violencia de género. «Desde el 2010 las mujeres están sufriendo esta crisis en todos los sentidos: no hay trabajo casi ni en el servicio doméstico, hay muchas pegas para acceder a la renta garantizada y ante errores se las penaliza con multas importantes, el programa de apoyo emocional de la Junta no funciona desde primeros de año, aunque no nos han explicado si ha finalizado», asegura María Jesús Blanco.
La incertidumbre pesa sobre este servicio que se financia con ayudas del IRPF, de la Junta de Castilla y León, la Diputación y el Ayuntamiento de León. «La ley del 2010 está sin desarrollar y no sabemos si se va a mantener como red de asistencia a víctimas de violencia y/o abandono familiar o se va a restringir», añade la presidenta, Encina Gutiérrez.
La asociación Simone de Beauvoir sale hoy a la calle con una serie de actos lúdicos y reivindicativos para dar a conocer la labor que ha realizado en estos 25 años de andadura. Botines es su centro de celebración.