despedirse del ártico
Toda despedida tiene siempre algo de tragedia griega. El héroe acaba siendo el que se queda, mientras el vencido debe marcharse tratando de mantener la mirada alta para ocultar el brillo de las pupilas húmedas por la emoción. Una de las despedidas que peor lleva este viajero es la de abandonar el ártico después de haber estado unos días atrapado por la magia de la luz del Norte . Por eso cada vez que deja los acantilados de Noruega, los interminables bosques finlandeses, la salvaje Svalbard, o la bohemia y sutil belleza de Reykjavik, siente una sensación agridulce, un poso de tristeza inevitable que la alegría de regresar a casa no acaba de disimular. Porque vivir por encima del paralelo 66 supone retornar al paraíso . A ese lugar aún no contaminado en exceso, a unas ciudades donde la vida transcurre en armonía con una naturaleza que las abraza por completo. Sus gentes, ordenadas y apacibles, pueden parecer excesivamente misteriosas al principio, aunque en realidad sean simplemente eso: nórdicas.
Islandia es un país diferente. Sus habitantes viven doblemente «aislados». Por un lado está su insularidad y por otro, las condiciones del entorno: volcanes, glaciares y desiertos hacen inhabitable el 80% de su superficie. Pero sus trescientos y pico mil habitantes parecen felices y orgullosos de haber nacido allí. Interminables días de lluvia y un sol que no asoma más allá de tres horas al día en diciembre no parecen importarles demasiado. Cuentan con el calor acogedor de sus hogares y el bullicio de los bares y pubs. Dedican tiempo a cultivar su jardín, a leer (son el pueblo más lector que existe) y se vuelven locos por las piscinas —hay más de setenta para uso público, donde por un precio ridículo puedes disfrutar de un spa al aire libre con agua termal—. Continúan recuperándose del mayor colapso económico de su historia, pero han sabido reconducir la nave y ahora los bancos trabajan realmente para los ciudadanos.
La corriente marina del Atlántico Norte permite la permanencia del hombre en estos confines del mundo al transportar hasta las costas islandesas las aguas cálidas del Caribe. La fertilidad propia de las tierras volcánicas favorece el cultivo de distintas especies comestibles y líquenes, musgos y yerbas, que transforman los oscuros campos de lava en alfombras color esmeralda donde campan en libertad 80.000 caballos y una multitud de ovejas que proporcionan una lana de merecida fama y calidad. Cuando el noruego Arnarsson llegó aquí exiliado hace once siglos, trajo también marineros nórdicos y mujeres irlandesas que convirtieron este inhóspito lugar, solo apto para renegados y frailecillos (el ave nacional), en una de las sociedades más avanzadas. En medio de un gran valle, en Pingvellir, está de hecho el lugar del primer parlamento democrático del mundo, donde los vikingos dirimían sus cuitas y organizaban la vida en común en el 930 dC.
Por eso, después de haber caminado sobre un glaciar de nombre impronunciable, experimentado el fresquín de los veranos árticos, contemplado con ojos de niño la grandiosidad del valle de Torsmork y haberse perdido por las calles de Reyjavik, al macharse, el viajero entiende al fin la escueta descripción de su guía de viajes: «La capital más septentrional combina coloridos edificios, gente peculiar, una vida nocturna desenfrenada y un alma caprichosa, todo ello con un efecto devastador. La mayoría de los visitantes se enamoran de la ciudad, y cuando regresan a su hogar, ahorran para volver».
Au revoire Islandia, volveremos a vernos y para entonces prometo saludarte en islandés.
JUAN MANUEL SENDÍN PÉREZ
leonalsol@diariodeleon.es