Diario de León

León vintage

Esta serie de textos inéditos forman parte de una futura publicación de la colección «León insólito»..

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León

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Tristemente, tal como dejó dicho el gran Francis Bacon, el verano es como la belleza, demasiado efímero. Por eso mismo, hoy cerramos con esta última entrega el León vintage, un espacio infinito de vida y memoria donde se entremezcla, en su justa y debida proporción, el glamour con la solera. Y nada más propio del verano que aquellas verbenas y saraos programados, por ejemplo, por la Asociación de la Prensa. Tenían lugar, habitualmente, en un lugar con tanto currículo sentimental como el Paseo de Papalaguinda, engalanado para la ocasión por las multicolores luciérnagas de los farolillos venecianos. Bajo tan vistoso reclamo estético se interponían los encantados rumores de las conversaciones juveniles con el galante piropo musitado a media voz por el enamorado.

Cupido, el travieso dios-niño, batía sus alas sobre la fiesta, contagiando la inconsciente alegría de unas promesas por cumplir que constituyen lo mejor de la vida. Las notas de la orquesta incitaban al baile, y a su alegre estela daban vueltas las parejas bajo las cadenetas de papel y los arcos de flores y de follaje. Aunque, eso sí, tal como recomendaban los sacerdotes en sus sermones dominicales, había que dejar suficiente espacio entre hombres y mujeres como para que entrase el Espíritu Santo. En las sillas que cerraban el recinto, las mamás revivían con una sonrisa nostálgica pretéritas épocas de ensueño, embelesadas al paso de unas hijas que concitaban las miradas embelesadas del género masculino. En fin, por contarlo en palabras de Francisco Roa de la Vega, el que fuera alcalde de la ciudad: «Noches de verbena, noches de ilusión, de amor y de añoranzas; ¡feliz el que disfruta vuestro encanto en la compañía de nuestras gentiles paisanas, todas belleza y simpatía!».

En ciertos barrios y ambientes las verbenas adquirían un tono más crapuloso, por así decirlo. Y a fuer de ser sinceros, algunas muchachas escasas de prejuicios aprovecharon tan desahogado ambiente para vivir sus primeros escarceos sexuales. Así lo recoge la coplilla:

Por el punto se guardan muchas doncellas, / pero una vez perdido el punto van de carrera. / Cuando así se ven suelen decir: quien hace un cesto, ya me entiende usted…

Noche de San Juan

Por rango y tradición milenaria, la verbena más carismática del verano leonés siempre fue la de San Juan, un festejo tan antiguo como la propia humanidad. La ciudad lucía su mejor sonrisa y dejaba atrás sus penas en la noche de celebración más animada del año, cuando León ardía, y nunca mejor dicho, en fiestas. Porque, efectivamente, el rito consagra al fuego como elemento purificador, símbolo de quemar los malos augurios y enterrar para siempre los tiempos pasados. Los códigos y valores locales imponían, allá a finales del siglo XIX, que los muchos visitantes llegados a la capital en vísperas de San Juan se alojasen en la posada de Lastra o en el mítico mesón del Pico, ubicado en la plaza de Santo Domingo, justo en la embocadura con la avenida del Padre Isla.

También era de obligado cumplimiento, antes de sumarse a la verbena, los buñuelos y el aguardiente, beberse unos añejos de Rueda en casa de don Santos el aragonés, cuya tasca abría sus puertas en la calle Ancha, cuando aún era estrecha. O tomar unas copas de ron y marrasquino en el nunca bien ensalzado café de la Estaca. Los jóvenes desfilaba por calles y plazas con la intención de disfrutar de la algazara y la bulla de esa noche mágica, dispuestos a decir ternezas a las chicas guapas y armar camorra con los chicos de los barrios rivales, lo que constituía la sal y la pimienta de una celebración con raíces paganas. Hoy al igual que antaño, la noche de San Juan es punto de partida del verano en León, un tiempo plagado de recuerdos y de un encanto inmemorial.

javier tomé

pepe muñiz

leonalsol@diariodeleon.es

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