Diario de León

MAÑANA

«de vacaciones recibí mi educación sentimental»

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Juan Pedro Aparicio es novelista, ensayista y, en ocasiones, periodista. Recibió el Premio Castilla y León de las Letras en 2012 por su trayectoria literaria. Fue Premio Nadal en 1988 por Retratos de ambigú . Nacido en León, recuerda que las vacaciones infantiles las pasaba entre Langreo y Gijón con su madre y sus hermanas. Se alojaban en la casa de su abuela materna, mientras su padre estaba trabajando.

En la foto está dando sus primeros pasos en la playa de Gijón. «Creo que recuerdo la emoción de ver a mis padres sonreír y felices». Confiesa que esas emociones se las ha prestado a Jovellanos en un pequeño pasaje de su próximo libro. «Es un homenaje al escritor y a Gijón».

Afirma que ha viajado por muchos sitios pero que sus recuerdos siempre regresan a «sus orígenes». Allí aprendió a andar, a nadar y bailar. «Fue donde recibí mi educación sentimental». Explica que la playa era el eje central de sus viajes por Asturias, «era un parque de atracciones, un universo, el paraíso». Comenta que la playa de Gijón tenía fama de peligrosa, «una vez mi madre me tomo por un ahogado que sacaban del mar, yo fui por detrás a decirle, ¡estoy aquí!». Asegura que discutía a menudo con su madre a la hora de comer porque «era bastante repugnante con la comida», reconoce entre risas.

Apunta que, según fue creciendo, cambió la playa por los guateques y el mundo femenino. Momentos en los que, junto a sus amigos, trataba de ligar y se enamoraba. «La primera chica da la que me enamoré fue en Gijón, pero era desgraciado en el amor, y las chicas a las que yo les gustaba no me gustaban a mí». Comenta que era la época de aprender a tirar sidra y de apuestas disparatadas como «caminar en calzoncillos, o sin ellos, por la playa». Parte de sus vacaciones las pasaba en León. «Liberados de los personajes antipáticos del colegio ibamos a jugar al río». En el Esla cazaban ranas, peces o cangrejos. «Dividíamos la zona por nombres exóticos, la selva por ejemplo, donde hacíamos cabañas. También íbamos al pozo, más allá de San Marcos», finaliza el escritor.

guillermo otero

leonalsol@diariodeleon.es

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