El verano de fin de siecle
Allá a finales del siglo XIX, ya muy cerca de la siguiente centuria y tal como ocurre hoy en día, el mundo se divide en dos bandos muy diferenciados: los que tienen y los que no. Mientras la fuerza obrera limitaba los regocijos del estío a los valores hogareños y la alquimia de los encuentros que se prodigaban al azar del paseo cotidiano, una feria de las vanidades siempre pendiente del protocolo y las buenas maneras, las clases altas permanecían atentas a los dictados de la moda llegada naturalmente desde París. Los niños bien solían vestir trajes de marinero en tela de moaré y sombreros de paja, mientras sus hermanas lucían vestiditos de cuadros con mangas abullonadas y elegantes tocados adornados con cintas. En el jardín de San Francisco, bombardeado por cañonazos de sol a bocajarro, las pollitas de la casa se presentaban engalanadas con seductores trajes multicolores, pañoletas de tisú y floreados chales, semejando obras maestras cinceladas en carne y hueso.
Hablando de modas, los gacetilleros de la época proclamaban en un alarde de ingenio lo que se llevaba entonces: los volantes y los amantes, se usaban de dos para arriba; las navajas de afeitar y las murmuraciones, muy afiladas y cortantes; los lugares para cazar y el sujetador, con muchas trampas; el peinado y los juramentos de amor, muy abultados por fuera y vacíos por dentro; las alcachofas y los miriñaques, con poca carne; los abanicos y las promesas, quebradizos; y por último, las caras de las señoras y las fachadas de las casas, pintadas a todo trapo.
Llegada la noche, aquella sociedad ordenada y atildada ocupaba sus asientos en el teatro Principal para contemplar funciones de tanto mérito como Marina o El Dúo de la Africana. Cierto domingo agosteño correspondiente al año 1895 se puso en escena el inspirado drama lírico en tres actos La Dolores , original del maestro Bretón. A decir de los expertos, la señorita González y el señor Beltrami estuvieron sensacionales en la romanza del tercer acto. Pero a quien se ovacionó de verdad fue al tenor García, que al repetir su número improvisó una jocosa coplilla:
Como soy agradecido, lleno de satisfacción
hoy con la jota saludo
a las niñas de León
EL TÍO BARRIGA
El público que se entregaba a los placeres mundanos acudía también al Paseo del Túnel, que iba desde el jardín de San Francisco al Paseo de Papalaguinda, cuyo trazado coincide con la actual calle Covadonga. Se llamaba así ya que, debido a la frondosidad de los árboles, sus copas se entrelazaban en lo alto formando un túnel apto para citas y raptos amorosos. El paseo estaba muy animado en julio y agosto, cuando la gente rica desfilaba hacia las playas del norte para bañarse con mucha cautela y siempre bajo prescripción médica. Se suponía que los cuerpos debían remojarse con frecuencia en verano, y en invierno cuando el doctor lo permitiera, ya que el personal se exponía a contraer graves enfermedades en el supuesto de no cumplir con las reglas.
Parejas de enamorados se refugiaban en lo más tupido, protegidos por el boscaje. Las señoritas no solían acudir solas al cortejo, sino acompañadas por la correspondiente carabina , que solía ser una tía, la doncella de confianza y, en determinadas ocasiones, escoltadas por sus gatos. Lo del minino se puso de moda ya que, gracias al brillo de sus ojos en la oscuridad, las parejas siempre estaban localizadas, evitando así posibles deslices. A cuenta de este acompañante felino, el Paseo del Túnel era conocido igualmente como «el paseo de los gatos».
Otro curioso evento que acaecía en tan idílico lugar era el baile del tío Barriga. Hasta que la autoridad lo prohibió por considerarlo escandaloso, se celebraba a la caída de la tarde y a su reclamo acudían las pupilas más fiesteras de los burdeles leoneses. Cumplimentando la reválida de las hormonas, los presentes juntaban durante la danza barriga con barriga, y de ahí el nombrecito. En fin, la dolce vita de aquellos tiempos dulces e ingenuos que nunca volverán.
JAVIER TOMÉ
PEPE MUÑIZ