El verano de la posguerra
La memoria es una forma barroca de luchar contra el olvido. Y por ello nos ponemos bajo su cobijo afectivo para rememorar los veranos de la guerra y la consiguiente posguerra, cuando el oro bruñido del sol se convertía en el mejor bálsamo para combatir el tedio y la miseria de aquellos tiempos desolados. El pasado es una maleta en la que cabe todo un mundo y así conmemoramos el lado más sórdido de una época repleta de sueños imposibles. Tras el conflicto armado entre españoles, los periódicos introdujeron una nueva sección que incluía anuncios como este: «Viuda, 26 años, admitiría discreta protección caballero de buena posición y mayor de 50 años».
En estos años de penurias, muchas mujeres que habían quedado viudas o huérfanas debido a la guerra acudieron al único medio que les quedaba para sobrevivir. No era otro que acogerse a la protección de la madame de un prostíbulo, en calidad de pupilas. En nuestra ciudad se incrementaron por veinte las casas non sanctas, y así hasta el año 1956 en que se abolió por decreto la prostitución. Podía faltar el pan, el azúcar o el aceite, pero en ningún caso se carecía de vida galante.
Los hábitos tradicionales del pasado fueron quedando atrás, entre ellos la repelencia al agua. Los baños en la playa ya no se consideraban estrafalarios, y aquí en León, llegado el verano, la dorada cinta de arena de la playa de San Lorenzo, en Gijón, se suplía por las riberas de los ríos Bernesga y Torío, abarrotados de bañistas. Otro fenómeno de la época fue la irrupción de las piscinas. La Sociedad Deportiva La Venatoria sería la pionera, cuando instaló la suya en el Paseo de Papalaguinda. Hasta el clero se abriría a las cambiantes modas, y cada jueves veraniego llevaba a los seminaristas a bañarse al río, aunque mostrando el debido recato a la hora de introducirse en el agua. Inolvidable estampa la que aquella procesión sacra, en la que iban caminando de dos en dos con sus ropas talares y el correspondiente bonete.
Escribió Antonio Machado que «el hecho de que vivamos en plena tragedia no quiere decir que hayan prescrito los derechos a la risa y a la alegría». Los leoneses se tomaron estas palabras al pie de la letra, evidencia que se pone de manifiesto en los cafés-concert, salones de baile y los animados bailongos que se celebraban al aire libre cuando el calor más apretaba. Famosos eran los saraos de La Amistad, El Tabique, El Charlestón y los programados en el Casino y el Recreo Industrial, además de los que se improvisaban en torno a la glorieta de Guzmán. Recordamos también el Iris, que abría sus puertas en la calle Ancha, y el Lion D´Or, sito en el palacio que fuera del marqués de Villasinta.
CHICAS TOPOLINO
El establecimiento más popular de todo León era el baile de la Paloma, al que solían acudir las llamadas chicas topolino, unas muchachas que marcaban las directrices de la moda y también la forma de ser de las mujeres de la posguerra. Llevaban sombrero, falda ajustada marcando el talle por debajo de las rodillas, y zapatos con tacón alto que realzaban sus figuras, rebosantes de femineidad y sensualidad. A veces las chicas topolino enseñaban a bailar al que no sabía o al excesivamente tímido, por el módico precio de 2 pesetas. Semejantes prácticas causaban horror entre los biempensantes, tal como refleja una coplilla de la época:
No me lleves al Iris
que me verá papá;
llévame a la Paloma,
que estoy segura
que allí no irá
Otro icono de la posguerra fue el bar Azul, asentado en Ordoño II. Se trataba de una especie de café-bar-restaurante-cine, ya que al tiempo que se cenaba podías ver cine o bailes, según el día y la hora. Se cuenta que cierta noche, durante la guerra, ocuparon una mesa del Azul cinco fornidos oficiales de la Legión Cóndor. Además de enormes jarras de cerveza de litro, pidieron unos huevos fritos con patatas. Al poco llegó el camarero portando una bandeja con cinco pares de huevos y las correspondientes patatas fritas, y puso cinco platos para que se sirvieran. Uno de ellos, que debía ser el de mayor graduación, cogió la fuente para sí y comenzó a mojar pan en los huevos. Levantó entonces la cabeza y dijo al camarero, completamente atónito, que sirviera otra fuente similar para cada uno de sus compañeros. En fin, anécdotas de unos meses calurosos dedicados antes y ahora a buscar la felicidad.
Javier Tomé
Pepe Muñiz