POSTALES DEL PASADO
León, adicta al chocolate
En el puchero de los afectos locales ocupa un lugar de privilegio el chocolate, delicia gastronómica venerada por nuestros abuelos.

Siempre ha tenido León una gran adicción por este alimento o bebida, según se prefiera considerar, enriquecido por su bella y seductora historia. A unos les gusta negro, a otros claro y lo demás lo prefieren con vainilla, pues para todos los gustos se hizo el chocolate. La afición provincial por tamaña exquisitez queda acreditada por las numerosas industrias y distintos artesanos que se asentaban en el paisaje autóctono. Por aportar un dato, hacia 1900 había once obradores en León y más de una veintena en Astorga, además de reconocidos industriales del género en La Bañeza, Ponferrada, Valencia de Don Juan, Cacabelos y otras localidades. Si hablamos de la capital, destacaban las fábricas de Casimiro Díez y la de Cayetano González, inaugurada en el remoto siglo XVIII, aunque allá por la década de los 60 se podían contar otras seis más.
Tal era la valoración social del chocolate, que hubo un tiempo en que la semilla de cacao se utilizaba como moneda. Por ejemplo, un esclavo valía cien almendras de cacao. Y recordamos, por haberlo visto en el cine y leído en los libros de historia, que durante los aciagos días de la Segunda Guerra Mundial las monedas favoritas de los soldados americanos para tratar con la población civil eran los paquetes de cigarrillos y las tabletas de chocolate, tan apreciadas por los europeos. Debido a su enorme reconocimiento social, ambas mercancías constituyeron el patrón para el funcionamiento del llamado mercado negro.
Ninguna bebida convenía más a los eclesiásticos, según prueba el que muchas marcas de postín llevasen el nombre de monasterios y conventos. Ya que corrían tiempos de rigurosa cuaresma y ayunos extremos, muchos clérigos veían en el chocolate un medio de aliviar sus sacrificios, ya que al fin encontraron un alimento que daba cumplida satisfacción al estómago. Con gran entusiasmo, el padre Escobar escribió el aforismo Liquidum non frangit jejunium, lo que viene a significar que al ser un líquido no infringía el ayuno y no incitaba al pecado.
HUELGA CHOCOLATERA
Uno de los más curiosos oficios leoneses, ya desaparecido, fue el de chocolatero. No nos referimos al que lo elabora artesanalmente, sino al que iba por las casas ofreciendo sus servicios, que consistían en preparar el chocolate de la merienda. El chocolatero atendía a cada gusto y luego se marchaba a otro domicilio…, y así hasta el día siguiente. Para tal ocasión, en las mansiones adineradas se solía invitar a un sacerdote o a dos, que tenían amistad con la familia. Se hablaba de todo e incluso, si procedía, daban hasta la absolución. Está documentado que el oficio de chocolatero pervivió en nuestra ciudad hasta los años 60, pues sabemos de uno que tenía su «despacho» en la calle del Pozo, al lado de Palat del Rey.
Existe una curiosa historia acerca de la pasión que despertaba el chocolate entre las damas del pasado. Al parecer, asistían a los interminables oficios religiosos de la tarde con sus criadas, que les preparaban en la misma iglesia el chocolate de las correspondientes meriendas. El obispo, indignado ante semejante proceder, ordenó suprimir tal práctica y las señoras se pusieron en huelga, afirmando que dejarían de asistir a los templos si no podían tomar su chocolate. Y parece ser, según sugieren las crónicas, que el conflicto se saldó a favor de tan díscolas y golosas damas.
Durante algún tiempo se consideró al chocolate como un medicamento idóneo para muchas afecciones, especialmente para remediar la debilidad orgánica y, también, como un filtro mágico que era propicio a devolver la virilidad al hombre, excitar la sexualidad de la persona deseada e incluso saber con certeza si una muchacha era virgen. Cerraremos con una coplilla popular que hace alusión a la antigua tradición leonesa de servir a los novios el desayuno en la cama, al día siguiente de la boda:
Cuando querrá Dios del cielo
y la Virgen soberana
que nos lleven a los dos
el chocolate a la cama
Javier Tomé y Pepe Muñiz