Perry Mason en la Audiencia de León
C uando los de mi quinta éramos adolescentes había series americanas en la televisión que cautivaban verdaderamente al personal, y que de uno u otro modo estaban relacionadas con los tribunales. Casi todas eran de policías, de delincuentes que pagaban su culpa o de abogados perspicaces.
En la primera categoría estaba el policía paralítico Ironside cuyo protagonista dirigía y resolvía los casos postrado en una silla de ruedas. En el mundo de los transgresores se encontraba un médico, El fugitivo, que huía permanentemente del FBI por un crimen que al parecer no había cometido. Pero la serie que por su excelencia más tiempo permaneció en pantalla, casi una década, y con mayor éxito por aquella época fue el inigualable Perry Mason.
Mason era un abogado ideado para las novelas policíacas del escritor y jurista Erle Stanley Gardner. Normalmente llevaba casos difíciles de asesinato u otros sin mucha esperanza, pero el correoso Perry Mason lograba con su astucia darle la vuelta al asunto y demostrar en el último minuto del juicio la inocencia de los acusados. Para ello echaba mano de todos los recursos, al límite, que la ley permitía, aunque nunca sobrepasaba la línea roja.
José Ramón García, letrado de Montserrat González y de Triana Martínez es sin duda el Perry Mason del caso Isabel Carrasco. Sus interrogatorios agudos, su minuciosidad llevada al extremo o sus afiladas observaciones configuran un perfil de abogado que, como esbozó Ana Gaitero en su magnífico artículo de la semana pasada en este periódico, es «el defensor que dispara» directamente al objetivo, sin rodeos.
En los juzgados madrileños de Plaza de Castilla se conoce a José Ramón García como una leyenda viva de los banquillos. Se ha ganado a pulso en sus muchos años de ejercicio el «Sambenito» de tipo peleón cuando se calza la toga y se lanza al ring. Amante de la literatura detectivesca de Agatha Christie, es autor de una novela policíaca, con doble asesinato, que muestra ese lado oscuro del hombre que un veterano penalista como él debe conocer bien.
Sin embargo, en el crimen de Isabel Carrasco acaso no lo tenga tan fácil como en las páginas de su novela, al menos con Montserrat, autora material del magnicidio y madre de Triana. Quizá por eso trata de aligerar la carga punitiva que pesa como una losa sobre los hombros encogidos de la hija. Tal que Perry Mason, José Ramón García presentó ante el tribunal, casi a última hora y salvado por la campana de los plazos, un acta notarial aceptada por el magistrado-presidente con la que pretende dar un vuelco a la delicada situación procesal de Triana y demostrar que los tiempos de recorrido invertidos entre el instante de los disparos homicidas en la pasarela y la recogida del bolso por parte de la joven ingeniera de telecomunicaciones no coinciden con la versión oficial.
En el momento de redactar estas líneas aún no hay veredicto. El jurado popular de cinco hombres y cuatro mujeres ecuánimes se pronunciará no tardando mucho. Los abogados han hecho su trabajo. José Ramón García y Fermín Guerrero (letrado de Raquel Gago) se han batido el cobre incluso más allá de lo razonable ante un fiscal con mucho oficio, muchísimo, que se las sabe todas y las ve venir de muy largo. Como dijo Julio César al cruzar el Rubicón: la suerte está echada.