ante el 35 aniversario del golpe
«Estado y Gobierno fueron los cabecillas del 23-F»
El guardia civil berciano en la reserva y afincado en León Gonzalo Díaz González, que entró con Tejero, publica un libro para contar su 23-F recuerdos en un libro

Gonzalo Díaz González, fotografiado la semana pasada en un parque de León
manuel c. cachafeiro | león
Sale a la luz para decir su verdad. Por qué entró con Tejero en el Congreso. Gonzalo Díaz González, nacido en 1954 en Prado de la Somoza, antiguo Ayuntamiento de Paradaseca, hoy de Villafranca, en el Bierzo, lo ha dejado escrito en un libro, «Testimonio de un golpista» (Editorial Círculo Rojo). En él cuenta en primer persona aquellos intensos momentos, desde que salió como guardia civil de su cuartel de la sección de Tráfico de Madrid camino de la Carrera de San Jerónimo, atendiendo a las órdenes de sus superiores, hasta que acabó la intentona al día siguiente.
«Reconozco que fui golpista y así lo relato en el libro, y aunque fui por azar, estoy orgulloso de mi actuación, como lo estaría si aquella tarde después de haber trabajado toda la mañana tuviera que atender en una catástrofe. Lo malo de ser golpista es que solo lo eres un día y tienes que aprender sobre la marcha y deprisa», confiesa a este periódico.
Gonzalo tuvo una condena de dos meses y se reincorporó en varios destinos hasta que pasó a la reserva.
Razones de un libro
Si escribió el libro fue para «patentizar», como él dice, un acontecimiento histórico por el que la opinión pública española nunca ha demostrado interés, «al menos desde el aparato oficial». «Hay que tener en cuenta que grandes actores como el teniente coronel Antonio Tejero, o los generales monárquicos Jaime Milán del Bosch o Alfonso Armada, no publicaron nada», explica.
«El 23-F no es el 23 de febrero solamente, es una preparación previa que se desencadena ese día como pudo haber sido otro cualquiera del mes. Los hilos de la pretendida proclamación, personalmente, no creo que partieran de Tejero, ni de ninguno de los individuos de la Guardia Civil que allí nos posicionamos».
La Guardia Civil, añade, acudió «animosamente» al Congreso «pensando que iba arreglar algo». «Para mí, los cabecillas realmente fueron otros muy distintos que entonces no llegué comprender, Estado y Gobierno». Y se explica: «Había elementos de lo mas granado del Estado y del Gobierno creando y conduciendo todo lo necesario para desembocar en lo que fue la operación. Creo que el programa se cortó en algunos puntos y por la imposibilidad de reconducirlo debido a la desconfianza entre los ideólogos y los actores materiales. Por eso acabó como acabó. En la cárcel, los golpistas; el rey, en la Zarzuela y presidiendo Calvo Sotelo mientras, el dimitido Suárez, con sus 16 maletas descansaba todo un mes tropical en Panamá».
Al llegar al Congreso, como la mayoría de los compañeros, no tuvo ninguna misión encomendada. «Éramos autónomos para hacer cosas provechosas o lógicas en aquella situación. Los que teníamos espíritu de aquella empresa, trabajamos con tesón por ello, pero el que no estaba convencido o tenía miedo, pues allí había muchos sofás, se sentaba y no pasaba nada, como un teniente y un brigada de Tráfico que sentados en unos butacones escondían su condición de oficial y suboficial tapando sus divisas. También los hubo que nos abandonaron saltando por la ventana. Yo salí a la calle Carrera de San Jerónimo muchas veces, evacuando a gente indispuesta y a tomar contacto con el exterior. Fui el causante único del destrozo y de la desconexión de las cámaras de Televisión Española, entre otras acciones», confiesa.
17 disparos al aire
«Mi primera actuación en el asalto —relata— fue localizar la situación exacta del hemiciclo. Una vez allí, como ya traía el trabajo adelantado, cuando entré por el acceso izquierdo, llevé metralleta cargada y montada, sin seguro y en posición de ráfaga. En vista de que algunos diputados eran un poco reacios a tirarse al suelo, abrimos fuego con intención de no darle a nadie y para que estuvieran quietos y callados. En el momento del forcejeo de Tejero con el vicepresidente del Gobierno Gutiérrez Mellado, yo me encontraba en el mismo centro del hemiciclo», explica.
Y si de algo se muestra orgulloso es de haber «atinado» para que «los 17 impactos de bala que salieron de mi subfusil fueran contra la planchada o el suelo donde se encontraban nutridos grupos de visitas. Primero como personas y luego como guardias, nuestra máxima era que fuera una operación incruenta, como así resultó; aunque no tuviéramos papel alguno asignado previo al asalto del Congreso de los Diputados», insiste.
Gonzalo Díaz hace referencia también a anécdotas, como que hubo guardias civiles en la cafetería del Congreso pagando consumiciones sobre las 8 de la tarde, dos horas después de entrar en la Cámara Baja. «Aquello se recondujo porque no tenía sentido el pagar ni el que te sirvieran. Tres al menos pasamos detrás de la barra y servimos lo que sabíamos, poca cosa; estaba todo desvalijado». Sobre la medianoche, recuerda que personal de Cruz Roja repartió unas raciones de fabada enlatada incomestible. «Fue lo que cenamos».
El único recuerdo
Durante aquellas largas horas, también tuvo tiempo para visitar la Biblioteca, «muy bonita», recuerda, «con unos hierros de forja preciosos». «Tomé un libro que luego devolví a su sitio; únicamente cogí como recuerdo, del almanaque que allí había la hoja del día 23, que guardo con estima después de tantos años, cuyo papel de baja calidad necesita que no se le maltrate; algún día la llevaré a un museo».

Gonzalo Díaz. F. OTERO PERANDONES