una historia por contar
Las poleas de la Catedral aún se conservan
Las estructuras para subir los sillares están desde hace décadas en el patio del Seminario Mayor que acogerá el Museo de Semana Santa de León .

Las viejas poleas de la Catedral, en el patio del futuro Museo Diocesano y de Semana Santa que se construirá en el Seminario Mayor. RAMIRO
manuel c. cachafeiro | león
Polea. Según la Real Academia de la Lengua, es un mecanismo que consiste en una rueda giratoria de borde acanalado, por el que se desliza una cuerda o cadena, y que sirve para mover o levantar cosas pesadas. Según la Wikipedia, su primera referencia data del año 100 antes de Cristo y de una carta de Plutarco, que apunta nada menos que a Arquímedes como el primero que las utilizó.
Las poleas más famosas de León, las que se utilizaron en las obras de restauración de la Catedral, aún se conservan en el Seminario Mayor, en el patio sobre el que se levantará la gran cúpula del futuro museo Diocesano y de Semana Santa.
El tiempo ha dejado como huella el óxido de aguantar más de un siglo a la intemperie, pero ahí siguen. Imperturbables ante una historia aún por contar. «Fueron de gran importancia. Sirvieron para subir los sillares hasta las zonas más altas. Hay que tener en cuenta que en la restauración de la Catedral se desmontaron el asial sur y la fachada principal», explica Ignacio González-Varas, leonés, catedrático de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Castilla-La Mancha y autor de uno de los grandes libros que se han escrito sobre la restauración de la Pulcrha Leonina.
Cuenta González-Varas en sus páginas, que Matías Laviña, el primer arquitecto director que asumió las obras en 1859, ya las utilizó para el desmonte de los pilastrones de la cúpula del crucero, su primera actuación. «Los utensilios que se utilizaron fueron muy sencillos: tres juegos de poleas para el desmonte de los sillares, una cabria, un torno para fijarse en el tejado y una maroma gruesa. El procedimiento de descenso de los materiales consistía en desmontar los sillares de su lugar ocupado en los pilastrones y bajarlos al tejado de la Catedral; desde allí se desplazaban a los tejados de la nave lateral, desde donde se introducían al interior de la iglesia a través de una de las ventanas de la nave y se bajaban hasta el pavimento del edificio, para transportarlos seguidamente al exterior del templo», explica en el texto.
Dificultad
El trabajo se vio dificultado por el enorme peso de los sillares que componían los pilastrones. Algunos superaban las 50 arrobas, los 575 kilos, «lo que hacía sumamente difícil su manejo y desplazamiento sobre todo desde la altura a la que habían de moverse para su descenso».
Para llevar a cabo las obras, Laviña y sus sucesores al frente de la restauración montaron un complejo esqueleto de madera, interior y exterior, en el que las poleas fueron «elementos indispensables». Hasta tal punto que, con Demetrio de los Ríos, la catedral de León tenía los andamios más altos de España. Hasta 40 metros de altura.
Juan Madrazo, que asumió la dirección de las obras en 1868, trajo consigo sus conocimientos medievales para que aquella armadura que soportaba el peso de los sillares que se retiraban y se ponían nuevos no dejara heridas en la estructura gótica, basada en tres máximas: empujes, cargas y contrarrestos.
Las poleas fueron útiles hasta el final de la restauración; también con Juan Bautista Lázaro, que dio por concluidas las obras con la llegada del siglo XX.
Ignacio González-Varas apunta a que de la restauración de la Catedral se ha escrito mucho, pero no tanto del complejo trabajo auxiliar. Las poleas pueden ser un punto y seguido para nuevos estudios. Y ahí están.
