Diario de León

una mañana entretenida

Donde la justicia se casa con el arte

La imponente estampa del Tribunal Supremo y la puesta en escena de la vista oral elevan la magnitud del caso en sus últimos escalones.

El siempre mediático Fermín Guerrero, acompañado por su procurador, atendió a los medios al salir de la vista.  RAQUEL P. VIECO

El siempre mediático Fermín Guerrero, acompañado por su procurador, atendió a los medios al salir de la vista. RAQUEL P. VIECO

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miguel ángel zamora | madrid

A primera hora de la mañana, la majestuosidad de lo que fue el antiguo Monasterio de la Visitación de las Salesas Reales no brillaba con el fulgor que le es propio. Porque la niebla espesa que se había apoderado de madrugada de la sierra de Madrid ya había bajado en parte por la calle Génova abajo hasta la plaza de Colón y porque la actividad frenética de la Audiencia Nacional, ubicada una manzana antes (allí siempre hay clientela) se había llevado parte del foco informativo de la jornada.

Tiene aura el Tribunal Supremo. Suelos de mármol, columnas jónicas, una decoración barroca del estilo más refinado (si es que en el barroco cabe tal) y una notable superficie de vidrieras capaz de rivalizar con las de cualquier catedral que se precie. Con la de León no. La duda ofende.

Las espléndida Inmaculada que jalona el edificio, obra de Claudio Coello, pasó inadvertida para José Fernando Cornejo y para José Ramón García. El primero y el último letrado que han prestado asistencia a Montserrat y Triana fueron los más madrugadores en asomarse a la calle Marqués de la Ensenada. Media docena escasa de cámaras aguardaban sin saber muy bien si el letrado leonés y el salmantino afincado en Madrid eran quienes eran. Venían del Bar Supremo, con más ingenio en la conversación del camarero con los clientes que en la elección de nombre para la casa.

Una excursión de jubilados se apostó poco después de las nueve y media en la entrada principal. «Señora, no me dé la mañana», explicó cortés uno de los agentes de la Policía Nacional a una de las interfectas. «Es que me dicen que hoy juzgan a no sé quién que mató a otra que no sabemos pero queremos ver qué pasa». La sonrisa del servidor público lo delató. «Estamos así todos los días».

Para cuando llegó Fermín Guerrero, escoltado por los dos procuradores de las tres procesadas, el mal ya estaba hecho. Un cliente nuevo que se ha agenciado el letrado murciano en León quería saludarlo a toda costa y de paso ganarse su minuto de gloria. En las entrevistas televisivas que concedió el autor de la desaparición judicial más famosa del país, siempre aparece detrás una cabeza emergente. Ese es.

No se dejó ver Raquel Gago, que eligió Madrid para pasar el día de la trascendental vista en situación más confortable. Ni pudo escuchar el alegato de optimismo de su letrado ante los micrófonos: «Soy del Atleti, tengo que ser optimista por naturaleza». Parte de su familia le esperaba después de la vista .

Medio centenar de estudiantes del máster de abogacía de la Universidad Autónoma de Madrid se sumaron a la vista. A ellos se les concedió la venia de acceder a la sala. Y al periodista también. «Trabajarás mejor desde la sala de prensa ¿no?».

No. El plasma no recogió el gesto serio de José Ramón García mientras se expresaba Beatriz Llamas. Ni el bostezo de Perfecto Andrés advertido con sigilo por Manuel Marchena de que ya no quedaba mucho que escuchar. Ni el contraste de las luces colgadas del firmamento, más que del techo egregio de la Sala Segunda. Ni la tensión de los momentos previos en el soberbio hall que da acceso al estrado. «Lo llamamos el Salón de los Pasos Perdidos». Ni tampoco un cruce de impresiones a cuenta del foulard con José Ramón García y Carlos Rivera en el límite de subir el tono, sin que llegara al final el tema a más.

Fuera en la calle, la vida siguió igual después de la hora del Ángelus que cuando se inició la sesión casi a maitines. Y empezaron las quinielas. Dicen puertas adentro de la casa de la justicia suprema que la decisión que se adopte con las tres procesadas no encontrará fisuras en la sentencia, que habrá unanimidad. Dicen. Como tantas veces se ha dicho y como tantos ríos de tinta han corrido desde hace tres años menos cinco meses.

En la Sala Segunda quedaron el Cristo de Alonso Cano, que flanquea los murales y el escudo que cinceló en su día Mariano Benlliure. Justo donde el Rey inaugura cada año el curso judicial. Justo donde murió un poco más el caso que nunca debió haber nacido.

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