Diario de León

Un tesoro de hilo

El Gran Poder crea un taller de hilo de oro en el que los hermanos y hermanas de la cofradía bordan joyas en paño para vestir las tallas.

Un bordador en el taller del Gran Poder, dirigido por el escultor Melchor Gutiérrez. SECUNDINO PÉREZ

Un bordador en el taller del Gran Poder, dirigido por el escultor Melchor Gutiérrez. SECUNDINO PÉREZ

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León

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SUSANA VERGARA PEDREIRA | LEÓN

Cada segundo viernes de mes, da igual que sea Cuaresma o no, que ya estén en Vísperas o no, los papones de la Cofradía del Cristo del Gran Poder de León se convierten en bordadores. Enhebran agujas y tejen un delicado tesoro para su cofradía. Joyas hechas en hilo. Oro para los hermanos de la ‘pasión plateada’. Finísimos filamentos para hilar sayas, mantos y bocamangas. Una tarea de horas que es eterna.

En el taller, a las cinco de la tarde, se reúnen casi medio centenar de hermanos y hermanas del Poder. La cofradía, que viste de negro con cíngulo de plata, es mixta. Por eso no extraña que a esa hora, el lugar esté lleno de hombres.

Sobre el bastidor se afanan ellos y ellas con la misma pasión. Saben que su labor no es efímera, que están haciendo un encaje de calado.

No es fácil bordar con hilo de oro porque, paradójicamente, no es el hilo el que cose, más bien es la arquitectura de un trabajo trazado previamente en un plano.

Allí, en el taller, los bordadores se convierten en escultores de paño dirigidos por otro escultor, Melchor Gutiérrez, que ha cambiado su taller de tallas por este otro donde el gran imaginero de la moderna Semana Santa de León imagina la obra completa: tallas, túnicas, sayas, tronos, flores... Todo en su cabeza, la composición total, el máximo respeto a la liturgia, la tradición pasada por la razón. Es en lo que cree también el Gran Poder de León.

Melchor Gutiérrez, el imaginero que ha reinventado la Pasión leonesa huyendo del gusto sevillanizante, es un manojo de nervios. Con él, con Gutiérrez en el taller, demuestran su santa paciencia los bordadores del Poder. Es antológica su manía por la perfección. Tal vez porque vive en este siglo pero mira mucho más allá. Tal vez porque está acostumbrado a estudiar el legado del pasado, la obra de grandes imagineros que no fueron comprendidos en su época, que rompieron con los cánones de su tiempo, que estuvieron sometidos al gusto de su era y se rebelaron. Este delicado patrimonio que tejen desde hace dos años ha permitido a la cofradía disponer de piezas únicas con las que vestir sus tallas. Algunas ya históricas, como los Apóstoles, rescatados de la Catedral, o la Virgen de los Reyes, donada por Melchor Gutiérrez, que cuida con devoción su seise, Ángel Martínez, en volandas, como si no pusiera el pie en el suelo. Otras nuevas, como la Virgen del Pozo o el Despojado, al que mandó cubrir injustamente el Obispado, quizá escandalizado por la belleza de una talla para la que posó un hombre de estas tierras, ajeno tal vez a la propia historia sagrada que narra a un Jesús en plenitud antes de ser flagelado y coronado de espinas.

Bordan con delicadeza los hermanos y hermanas del Poder. Desde Manu Diez a Mónica Urdiales, de Jairo Fernández a David Antolín, Juan Carlos Martínez, Pilar Cahán, Susana Puente, Marían Aldeano y tantos otros. Parte de su obra se puede contemplar hasta el día 31 en la exposición del Ayuntamiento de San Marcelo, en la antigua Oficina de Turismo.

Bordan con cuidado, pues saben que la pequeña fortuna que tienen sobre sus bastidores es donación anónima de un hermano. Son las ‘petites mains’ que tienen entre sus dedos los secretos de alta costura en oro. Y el patrimonio de la cofradía también.

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