celebración popular en el corazón leonés
León se reclina en los cantos rodados del Grano
La ciudad celebra el retorno a un espacio emblemático con una eclosión de música y costumbres populares que ensalzan la rehabilitación del entorno que fue durante siglos el termómetro de la economía leonesa.

Estampa de la fiesta por la reapertura del Grano donde hubo pendones y bailes regionales en la plaza más leonesa, como ensalzó Máximo Cayón. F. OTERO PERANDONES / ICAL
La fiesta por el Grano terminó en exaltación del folklore, como corresponde al rincón más íntimo de la capital leonesa. El repertorio ocupó una jornada como podía haberse extendido durante un mes, sin lugar a excesos y aburrimiento; el desfile de pendones, los bailes tradicionales de Aguaviva, los sones del Son del Cordel, cantares leoneses que suenan a repique celestial al mediodía de la iglesia del Mercado. El Grano se deja pisar para disfrute de León, que vuelve sobre su plaza del alma, que en el nombre popular lleva el meollo del entorno; el Grano es tan leonesa que en el registro civil consta como plaza de Santa María del Camino (oh, patrona del pueblo leonés).
El Grano es un asiento de cantos rodados, herencia medieval intacta después de completar año y medio de arreglos meticulosos, realizados piedra a piedra en algún momento del proceso. El cuidado popular por la Plaza del Grano es responsable de que el término enchinarrado entrara a formar parte de las conversaciones corrientes de las tertulias y discusiones de la ciudad, o que la fórmula 1-4-6-6 sobre la masa ideal instruyera a los incondicionales del patrimonio (uno, de cemento; cuatro, de cemento; seis, de arena lavada; seis, de pedroncillo).
Para orgullo y satisfacción del arquitecto Ramón Cañas, que ideó la reforma, se apuntillaron ayer sobre esta mezcolanza jotas nada livianas, que elevaron, por ejemplo, a los Titos de Corbillos a categoría excelsa en horario de baile vermú; otra gentileza de Son del Cordel, con sus tonadas que quiebran el recuerdo e invitan al leonés a recostar la nostalgia sobre los cantos rodados del suelo que se deja pisar en la plaza del mercado.
La plaza y «su habitual soledad», como se encargó de glosar Máximo Cayón, puntilloso en poner luz a algunos motivos por los que los ciudadanos deberían devolver costumbres y hábitos sobre ese rincón que es cuna de renacimiento cultural. En una alocución brillante, el cronista oficial de la ciudad repasó historia, ornamentos (los dos angelotes de la fuente central, que representan el paso fluvial del Torío y el Bernesga), devociones (jamás faltó la presencia repetida de los cofrades de Santa María que cantaban la salve sobre la misma cruz, reseña de picota de la ciudad leonesa en la que se apareció la Virgen) y paisanos célebres del lugar; que algo tendrá esa piedra de río para recoger los primeros pasos del Conde de Rebolledo, de Cecilio Díez Garrote, de Félix Gordón Ordás, del cura Manuel Uriarte; algo tendrá, si alberga a Espadaña, torrente inagotable de la literatura cuando escribir era delito. Esa superficie canteada de ayer que hoy pisa León.