Diario de León

La sonrisa de los peregrinos

Primeros pasos en el Camino

Los padres de Naia, de tan sólo diez meses, han hecho un alto en su ruta a Santiago para hacer de hospitaleros en el albergue de las Carbajalas.

Jorge Sanz, su hija Naia, y su pareja, la francesa Marie Gabriel, ayer en el albergue. JESÚS F. SALVADORES

Jorge Sanz, su hija Naia, y su pareja, la francesa Marie Gabriel, ayer en el albergue. JESÚS F. SALVADORES

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A. Calvo | León

Naia está en su casa, en la casa de los peregrinos que hacen una parada en León en el albergue de las Carbajalas. Tiene tan sólo diez meses y ha sido aquí en León donde ha dado su primeros pasos bajo la atenta mirada de los caminantes que se deshacen en carantoñas con ella y a los que, a pesar del cansancio, siempre saca una sonrisa. Sus padres, el bilbaíno Jorge Sanz y la francesa Marie Gabriel, se conocieron en 2005 haciendo el Camino y ya lo han realizado otras dos veces juntos, «siempre de una tirada». En esta ocasión, se postularon para ser hospitaleros en el albergue leonés, donde están apoyando a otros peregrinos, desde el 15 agosto. Así, la pequeña Naia, que con sus sonrisa y sus intensos ojos azules cada día se gana el corazón de todos, también se ha convertido en la hospitalera más joven del Camino.

Los dos son profesores y tienen una excedencia hasta febrero de 2019. Hasta entonces, viajarán con su pequeña, como una peregrina más. Tan sólo llevan una mochila para los tres, «simplicidad máxima», y Naia, tras varias pruebas, va colgada de uno de ellos en un portabebé. Pesa 9,5 kilos, el último lo ha cogido desde que salió de su casa con ocho meses, en la localidad francesa de Pons, a más de 1.600 kilómetros de Santiago de Compostela. «La Ruta Jacobea no está preparada para niños y por eso tendrá que cambiar», señala el padre de Naia, para añadir que son muy pocos los que se lanzan al Camino con bebés y sólo hay pequeños a partir de 5 años.

Mientras los peregrinos llegan al albergue, Naia corretea y quiere salir a la calle Escurial o la plaza del Grano. Todos la saludan y sonríen al ver cómo camina aún inestable. «Nosotros vivimos en una aldea y siempre vemos a la misma gente. En el Camino Naia está escuchando muchos acentos. Creemos que ella sí apreciara todo esto cuando sea mayor, el corazón también tiene memoria, una memoria que dura para siempre», comenta su padre, en relación a todos aquellos que cuestionan si la pequeña se acordará o no de esta vivencia.

«El Camino es una experiencia del alma y como supone un esfuerzo adicional, aquí los seres humanos somos mejores», apunta Jorge, quien añade a la experiencia de hospitalero un detalle: «Casi todo el mundo está representado. En los albergues ves cómo una sola humanidad vive en armonía, en un mundo perfecto».

La relación de las estrellas con el Camino, con la propia vida, con la maternidad y la paternidad; el sentir de la naturaleza, de aprender de los errores, de conocer gente y aprender de todos y cada uno de ellos, de ver lo bueno de cada momento, son valores con los que Jorge y Marie quieren que camine Naia.

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