Victoriano Crémer CRÉMER CONTRA CRÉMER
Francisco Pino. Un poeta menos
FRANCISCO Pino ha muerto en Valladolid, su tierra de nacencia, de inocencia y de rúbrica definitiva. Francisco Pino tenía 92 años, porque los poetas ya no mueren jóvenes y gloriosos como antes. Era un viejo glorioso cínico y sentimental. Cuando nos veíamos, cosa no todo lo frecuente que yo hubiera necesitado para aprender algunas de las muchas cosas que sabía o que inventaba, platicábamos sobre la edad. Parecíamos los dos, frente a frente, una ilustración de las Edades del Hombre. Y al final de la estéril cuestión yo terminaba por rendirme. La capacidad de persuasión -yo diría que de seducción- de Paco Pino era de tal naturaleza que no valía intentar resistirle porque al final prevalecía su espíritu combativo, su fenomenal manera de entender los mundos, las cosas y los hombres y su disposición dionisiaca suscribía alguna de sus muchas grafías, tan henchidas de sentido y sin embargo tan misteriosas. Francisco Pino es el único poeta actual (nunca me permitiría la licencia de calificarle de moderno) capaz de crearse su propio jeroglifismo para despiste de sabios de ilustración jubilosa para los puros de corazón... A Francisco Pino me había sido dado conocerle a través de un poeta leonés de muy singular anotación en los cuadernos de la poesía de después de la guerra, José María Luelmo, con el cual sostuvo el tipo y la tipografía (cuya mención tratándose de Paco Pino es inevitable) de alguna de aquellas revistas fugaces pero sustanciales para el conocimiento y calificación de la poesía que mandaban hacer los tiempos y desde siempre me pareció un maestro inquieto, insatisfecho y burlón. Salvo cuando en algún ceremonial a los que estaba llamado, se veía comprometido a dictar lección de todo. Porque no es verdadero aquello de que al poeta le basta con saber hacer versos para cubrir su exigencia personal y colectiva. El poeta ha de conocer tanta vida, tantos saberes, tantísimas experiencias que solamente los versificadores de hoja de calendario pueden mantener el principio falso de toda falsedad. Se decía y se sigue diciendo que el primer verso le inspiran los dioses y que es el poeta el que después debe complementar el resto del poema... Francisco Pino nunca esperó la inspiración de los dioses porque el primero de sus versos era consecuencia de su talento. Francisco Pino no quería morir. Con aquella su sonrisa mefistofélica así que daba conmigo, me anunciaba maliciosamente. «No olvides que tienes cuatro años más que yo». Y extendía su dedo índice larguísimo, afilando la mirada. Ahora que ya no está, acudo a sus libros y me asombra tanta sabiduría, tanto ingenio, tanta sagacidad para descubrir los misterios del poema. Lo malo de morirse, compañero del alma, compañero, es que vienen los enterradores y todo lo confunden. Y dirán de ti, ahuecando la voz, que posiblemente fueras el poeta último de la vanguardia española. O que tu versatilidad te permitía manejar todos los registros, cuando la verdad verdadera, la que te llevas a la tumba, como uno de tus últimos trabajos líricos, es que en puridad eras y es y así se te recordará por los que bien te quieren, nada más ni nada menos que un poeta. Un apasionado gozador de lo bello, de la verdad, de la vida y que en la medida que te fue posible hiciste aquello que de corazón reclamaba tu intervención. Naturalmente que nadie se atreverá a regatearte el gran mérito de haber contribuido decisivamente en la aventura de hacer de la poesía una herramienta de trabajo del corazón. Porque en el fondo, querido amigo, en el fondo, eras como un niño grande, que se dejaba llevar de la mano del viento y que se detenía para seguir el paso del agua que ¡ay! va a dar a la mar que es el morir. Pienso que pudiste muy bien convertir en mote de tu escudo aquello de Jorge Guillén: «Como buen aventurero / cuando muera / quiero saber que me muero...» ¡Ya lo sabes!