Diario de León

Margarita Merino de Lindsay WONDERLAND

Galicia en flash-back (II)

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León

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En todas partes, las fortalezas de tazones, los platos hondos donde se ahogaría Neptuno y encontraría espacio holgado su tridente: humean las soperas de loza decorada, qué ricos los caldos abaciales de grelos, su amargura sabrosa suavizadada con unto, las sopas caseras de fideos y tropezones sumergidos en la dorada sustancia donde naufragan enormes cucharones. Pero los reyes de la mesa son gloriosos mariscos del sabor más refinado absolutamente irrepetibles: delicadas ostras que se encogen todavía al sentir el ácido limón después de los cuchillos y su último estremecimiento en el contacto con la lengua... Soy pequeña y me da asco su crudeza, me riñen mis padres porque siempre -maleducada- escupo la que me dan de prueba, así que me distraigo en los percebes que ofrecen perfumado el sabor del oleaje abierto y sus peligros; me dedico a paladear las centollas, las vieiras, las almejas, los camarones sabrosísimos, las nécoras, los oricios que los lugareños desprecian. El Alvariño colma las copas, y hay discusiones donde hoy sólo recuerdo vagos nombres: Fefiñanes, Vizhoja, menciones de cosechas familiares del Condado. Ya llegan los pescados fresquísimos servidos en fuentes de alpaca, y las inconcebibles montañas de patatas y pimientos que saciarían a un ejército de hambrientos, las plazas de empanada que en desorden arriban a destiempo acompañadas de especialidades ancestrales y más fuentes monumentales de carnes y de asados que empachan de hartura sólo de verlas. El festín de los postres ofrece tentaciones en dulzor variado a los golosos: requesones, flanes de sólido vencimiento ante las cucharillas, almendrados y tartas cuya digestión requiere las largas siestas de otros siglos. Repentinamente el mundo se embriaga y despereza al aroma del café recién hecho: huele a canto laborioso, labriego, artesano, de costa a costa conciliador de sensaciones en su rito cálido. En el momento que deshago la cama y la aligero un poco de los pesados cobertores que manos aldeanas extendieron con esmero, al tocar los tejidos de fibras naturales me parece que están húmedas las sábanas impecables con bordados de hilo y al estirar las piernas hay un tacto rugoso que la plancha no domeña en su costumbre hasta después de muchas estaciones. Son gruesas las texturas de los algodones, y cuesta calentar su aspereza si olvida ron poner en su seno botellas de agua hirvien te cuando me envuelvo en el embozo sintiendo los pies fríos en noches destempladas antes de soñar con el futuro. Ya memoria, la canción del mar presentido me acuna, arrulla devolviendo estrofas de habaneras, retumba en versos tristes calados de saudade sobre la imposibilidad. Pienso en mis abuelos a los que no conocí, en José; en cómo sería ese Pedro que se mató al galope en un renuncio sobresaltado de su mejor caballo y cuya muerte eclipsó para siempre el fulgor de la estrella y el hado, malherido en su golpe, de la saga de los Sánchez. Su sangre ya me vierte triturada a las gárgolas. Mientras tanto, bajo los elementos y la música extremada de la noche, hombres desconocidos se miden con el mar en los pesqueros. Las redes de la suerte, de eros y tanatos, atrapan en sus nudos la fortaleza arrebatada de sus pulsos por las olas. Mientras tanto, mujeres desconocidas esperan en la orilla el saldo desolador de las tormentas y queda el hueco de un silencio en la arena de huellas sin retorno; mientras tanto, niños desconocidos preguntan en susurros por aquellos que no regresarán del abrazo de las sirenas de los acantilados y sus ruletas oceánicas: afligida tempestad de los huérfanos. (Continuará)

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