Francisco Sosa Wagner SOSERÍAS
El amor y la caca
DURANTE la noche, taciturna, muda y de cemento, alguien ha robado un coche. Esto ocurre a menudo porque esta sociedad se halla seducida por los guiños que el coche nos hace de libertad, de aventura y de muerte, imanes para una humanidad siempre a la caza de emociones y de platos con mucho picante. Pero el robo del que doy noticia no es un robo normal porque la ladrona estaba dispuesta a devolver el coche objeto de su delito de buena gana, lo que la convertía en una malhechora especial ya que habitualmente los ladrones son sujetos que carecen de la menor intención de restituir lo afanado porque piensan destinarlo a darse un atracón de percebes y de langosta untada en salsa mayonesa. Y es que no olvidemos que atracar significa asaltar a alguien para robarle pero también comer hasta hartarse de donde se sigue que ambas acciones se hallan estrechamente emparentadas por el lenguaje y por la vida, ese recinto de trampas y piruetas. Es decir, quien atraca lo hace para darse un atracón: de arte si lo que roba es un cuadro, de telenovelas si roba un televisor, de lucimiento si una joya y así sucesivamente. El caco (una caca en este caso y dicho sea con perdón) que hoy sale en esta Sosería parece un tipo distinto y singular, que ha puesto su toque de originalidad en el acto de llevarse un coche ajeno del aparcamiento, nicho cruel de vehículos vivos. Hay muchos ladrones peculiares, desde aquél que robaba la lana de los colchones para sustituirla por borra en la España aflictiva de los cuarenta hasta El ladrón de glándulas de Wenceslao Fernández Flórez en su particular visión del mito de la eterna juventud, un millonario que en Biarritz, y provisto de antifaz reglamentario, se empeñaba en robar glándulas (el saco lagrimal, el bazo, el hígado, una próstata en buen uso, un testículo poco castigado...) a gentes sin gastar y con luz aun de sueños en sus miradas. La del coche sería una delincuenta proba, pariente pues de aquellos ladrones que sacó Jardiel en su obra llamada Los ladrones somos gentes honrada porque la protagonista de este suceso, deseosa de devolver lo que no era suyo, se ha limitado a poner una condición: la de que su novio, legítimo propietario del vehículo en cuestión, se casara con ella. Es decir, que cometió el robo por amor. Algo pues entrañable y hasta plausible. Porque ¿se puede castigar a alguien por querer a otra persona? ¿qué es lo que se puede imputar a la hurtadora más que actuar a impulsos de un sentimiento delicado, cantado por los poetas en todos los juegos florales que en el mundo han sido? Creo que bien poca cosa. Cierto que se trata de una señora brusca, poco dada a los melindres, porque el amor cuando se quiere culminar en la alianza matrimonial se debe pedir echando mano de arrumacos inspirados, con cucamonas y otras zalamerías sugeridoras de los mayores deleites, con alharaca de suspiros y suicidio de gemidos. Ahora bien ¿se puede sancionar la simple rudeza, el actuar burdo, por el juez de guardia? Es verdad que esta mujer recuerda a los carlistas que exigían a sus víctimas elegir entre creer en Dios o la muerte, un poco apabullante, pero de ahí a considerar un delito lo que no es sino una treta de enamorada hay un abismo ante el que las personas razonables debemos pararnos para no despeñarnos en sus honduras. Por lo demás, las mujeres han sido hasta ahora las destinatarias de los requerimientos amorosos de los hombres, una función esta que hemos cumplido con complacencia aunque no siempre con brillantez. Hoy, las mujeres se han liberado, son capitanas de la guardia civil o juezas de instrucción cuando antes no tenían más protagonismo que el de poner la banderita en las cuestaciones de la Cruz Roja, y es lógico que, en tales circunstancias nuevas, sean ellas quienes no se limiten a esperar requiebros y sean por tanto quienes desplieguen con atrevimiento el abanico de cristal de las demandas amorosas aunque lo hagan, como principiantas que son, de una manera asilvestrada. Pero no olvidemos que tampoco fuimos muy finos en los comienzos. Mi voto pues es claro: indulgencia para la caca.