II Foro Ancares | Demografía
El cuadrante Noroeste y el reto demográfico
Lo que se denomina comúnmente como Cuadrante noroeste ibérico es un territorio delimitado por su posición geográfica respecto de un territorio más amplio en el que se encuadra, la península Ibérica. Incorpora regiones caracterizadas por rasgos comunes de periferia, ruralidad y despoblación y espacios contrapuestos de litoral e interior. Asimismo, podemos considerarlo como una «nueva territorialidad» a disposición del planeamiento, la ordenación territorial y las políticas de cooperación de orden europeo, estatal y regional. Se reconoce, también, el Cuadrante noroeste como un sector de la Fachada Atlántica o del Arco Atlántico, términos acuñados para definir a la eurorregión-proyecto que va desde Irlanda hasta el Estrecho de Gibraltar y que aspira a asumir programas europeos.
Para entendernos, tal Cuadrante noroeste abarca rasgos contrapuestos de litoralidad / interioridad. De un lado, las regiones litorales de Galicia, Asturias y Norte de Portugal, poseedoras de una identidad marítima a la vez que de espacios interiores vacíos. De otro lado, la región interior de Castilla y León, una región natural que comprende bordes montañosos, llanuras uniformes de la Meseta y algunas depresiones exteriores, que le aporta una identidad territorial física y que defino como región carrefour (López Trigal, 1996, en P. Laborde, dir. L’Ibérie Atlantique, 89-96), un territorio de unión y de paso con la que se intercomunican las regiones y ciudades vecinas. Territorio de asentamiento de unos 9.800.000 habitantes – un 16,5% del conjunto de España y Portugal- que muestra también la contraposición centralidad / periferia. De un lado, las áreas metropolitanas de Porto, Ciudad Astur, A Coruña-Ferrol y Vigo-Pontevedra, todas ellas con una morfología de poblamiento polinuclear, que participan de su posición en el frente marítimo atlántico. De otro lado, las ciudades medias y sus correspondientes áreas urbanas se ubican en su mayoría en las áreas de interior (Valladolid, León, Burgos, Salamanca, Ourense, Lugo, Palencia, Ponferrada, Zamora, Segovia, Ávila) y algunas otras en áreas del litoral o prelitoral (Braga, Guimarães, Santiago de Compostela, Viana do Castelo). En otro nivel urbano, las ciudades pequeñas se presentan como capitales de distrito provincial en el interior de la Región Norte (Vila Real, Guarda, Bragança), ciudades fronterizas y la mayoría de ellas como ciudades cabecera de comarca de un amplio territorio interior rural, con procesos de despoblación más propios de territorios periféricos. Planteada así la caracterización jerárquica de las ciudades del Cuadrante noroeste, las provincias de León y Lugo se muestran como unidades de tipo administrativo diferentes en su caracterización física y en sus actividades económicas, pero con rasgos de dependencia y atonía industrial en sus ciudades medias (León, Lugo, Ponferrada) y ciudades pequeñas, y en sus rasgos demográficos similares en buena parte de su territorio, según lo que advertiremos a continuación relativos a la población de España y sus tendencias. La despoblación está en el orden del día de la preocupación pública. Crece la inquietud por los efectos despobladores y es ya un «problema percibido» por los ciudadanos. Máxime, en territorios de la España interior en los que se observan, desde hace tiempo, sucesivos indicadores de declive demográfico, envejecimiento y movilidad emigratoria y donde se dan signos de «agotamiento», «atonía» o «desvitalización» demográfica, al referirse a lo que ha sido una pérdida continuada de población rural y, en buena medida, un proceso de movilidad de la población hacia las áreas urbanas y metropolitanas. En este sentido, asistimos a fenómenos interrelacionados de gran repercusión para nuestra sociedad, como nos advierten factores clave de la cuestión: 1) El tránsito hacia una situación de tasas bajas de natalidad y no tan bajas de mortalidad (como consecuencia del incremento del grupo de los mayores de 65 años o envejecimiento demográfico), con el consiguiente estancamiento y declive de la población, que caracteriza la etapa actual de «postransición demográfica». En 2023, según el INE, la tasa de fecundidad de España (1,1 hijos por mujer) se distancia del umbral de reproducción (2,1). 2) El incremento de la movilidad y migración interior del campo a la ciudad, así como de ciudad a ciudad y, en menor medida de la ciudad al campo urbanizado, conduce hacia un proceso de consolidación de la urbanización y la rurbanización. 3) El flujo continuado de inmigración de procedencia extranjera incrementa el número de habitantes en España, pero en una desigual proporción según las regiones y ciudades, siendo apenas relevante su asentamiento en los espacios del interior, si bien en ciertas localidades frena la tendencia negativa poblacional. Ante esto, invade la perplejidad que se deriva del proceso de redistribución de la población española, que se traduce en áreas de desigual densidad y apunta la tendencia, de un lado, hacia despoblados en aquellos territorios periféricos, más limitados por sus condiciones geográficas y económicas, con problemas para la sostenibilidad demográfica, tras una larga historia de despoblación de los espacios rurales y, de otro lado, hacia una consolidación del fenómeno de concentración en las ciudades y áreas metropolitanas, con elevadas densidades de población y problemas de sostenibilidad. ¿Qué perspectivas caben frente al fenómeno despoblador en la España interior vacía? Diferentes estudios han planteado desde hace años este fenómeno en España. Así, Joaquín Recaño (en Pespectives Demogràfiques, 7, 2017) diferencia los comportamientos según espacios en los que el crecimiento natural ha sido negativo: 1) Espacios de resiliencia donde la gente se resiste a salir hacia otros lugares, por lo que «no todo pueblo en proceso de despoblación está abocado a desaparecer». 2) Espacios de migración donde se modera el avance de la despoblación, mediante el reflujo de emigrantes retornados, inmigrantes extranjeros y jóvenes neorurales, o mediante la llegada estacional de residentes de ciudades y población vinculada por razones de segunda residencia. 3) Espacios en riesgo de despoblación irreversible, en los cuales la base de la pirámide demográfica se reduce al máximo y se afianza la desvitalización, motivada por factores explicativos de raíz tan diferente como la altitud, la ruralización profunda o la escasez de mujeres. En mi criterio, si observamos el fenómeno despoblador con una visión espacial, nos enfrentamos a un modelo de reconfiguración territorial, donde las áreas urbanas y metropolitanas conviven con territorios rurbanos, a menudo «casi vacíos demográficos», pero vinculados y dependientes de los nodos del sistema urbano, muestra de las nuevas relaciones campo-ciudad y de la urbanización, produciéndose en este contexto el fenómeno despoblador como efecto del modelo de asentamientos de la nueva ruralidad. En este contexto, ya no somos «habitantes residentes» en un determinado núcleo, sino, cada vez más, «habitantes durmientes» en un núcleo y «habitantes vinculados» a otro, por razones laborales («cuenca de empleo») o de relación y ocio («cuenca de vida»). De ahí que nuestros pueblos se vean reforzados por la población desplazada y el proceso de la despoblación no sea tan radical, como cabe pensar en una sociedad posindustrial y urbanizada. Así y todo, de no remediarse el escenario tendencial de declive demográfico con nuevos efectivos de población, esos flujos de cariz estacional-vacacional, con destino a los entornos rurales, no va a reducirse el avance de la mancha de despoblación, impulsada por la «desvitalidad» demográfica. Nuestro país se cimbrea entre la debilidad poblacional en la mayor parte de los espacios de interior y la concentración en buena parte de los espacios litorales, signo desequilibrador que se aprecia fehacientemente en los mapas de densidades demográficas. En España, el diferencial en los saldos natural y migratorio y las tasas de densidad poblacional reflejan, de un lado, los valores más negativos en los espacios del centro y del norte, particularmente de las regiones del oeste de España, caracterizadas por el envejecimiento, la perifericidad respecto de los grandes ejes europeos y la menor atracción migratoria. Para hacer frente a la despoblación rural en su situación actual y tendencial y a los indicadores de «desfavorecimiento rural», es preciso revertir, en la medida posible, el proceso de despoblación y adoptar decisiones encaminadas a políticas transversales y complementarias, que puedan favorecer la resiliencia demográfica y económica ante el Reto Demográfico. Se han de plantear estrategias que mitiguen los rasgos negativos propios de la despoblación que abocan irremediablemente a despoblados o cuasi despoblados, que refuerzan la situación demográfica crítica actual, y han de integrarse en un modelo territorial sostenible de políticas integradoras y solidarias: Políticas demográficas: impulso de la fecundidad más allá de la retórica natalista y favorecimiento del asentamiento de la inmigración en áreas rurales. Políticas económicas: desarrollo rural y del empleo en una economía diversificada que supere las visiones sectoriales, una financiación pública específica y un régimen fiscal favorable, y planificación de servicios públicos. Políticas ambientales: conservación y valoración del patrimonio natural y rural, reconociendo el uso sostenible y productivo de paisajes, lugares y ecosistemas. Políticas territoriales: un nuevo modelo de articulación que ponga a punto la «intercomunalidad» o agrupamiento de pequeños municipios, la comarcalización pendiente, la cooperación interurbana en redes de concertación y el policentrismo del sistema urbano. En fin, en los territorios del Cuadrante noroeste, en especial en su espacio interior, son inaplazables las actuaciones para hacer frente a los desafíos pendientes de reequilibrio territorial en España, donde este ángulo del cuadrilátero nacional plantea diferencias de desarrollo y desigualdad con respecto al resto de territorios, «donde el oeste es más pobre que el este» (Paul Collier).