El nocturno de León: bachilleres y búhos
Un centenar de alumnos, entre León y Ponferrada, han acudido cada día a las clases vespertinas
Una de las clases del Bachillerato nocturno en el instituto Juan del Enzina.
Cuando el resto de los alumnos se prepara para afrontar la tarde, un grupo reducido vuelve a abrir las aulas en el Juan del Enzina. A las 17.00 horas comienza el Bachillerato nocturno, una alternativa que abre la puerta al reenganche educativo. Lejos quedan aquellas aulas llenas en horario vespertino de los 90, cuando en este instituto leonés había una decena de clases del extinto COU. Ahora, son medio centenar los estudiantes que aprovechan esta segunda oportunidad, cada uno por un motivo distinto, pero con el objetivo puesto en contar con un título que les permitirá adentrarse en un futuro más provechoso.
En la provincia llegó a haber tres centros que abrían sus aulas por la noche. Tras la supresión de esta modalidad en el Padre Isla, resisten el Gil y Carrasco, en Ponferrada, con 53 estudiantes, y el Juan del Enzina, con 55. «El Bachillerato nocturno es la mejor alternativa para todos aquellos alumnos que decidan retomar sus estudios y completar su formación posobligatoria; es ideal para aquellos que por motivos laborales o por cualquier otra causa, no pueden asistir a las clases diurnas», señala la jefa de Estudios del Nocturno en el Juan del Enzina, Isabel Blanco Fuertes.
Las únicas exigencias para poder acceder a esta modalidad es tener el título de la ESO, o equivalente, y que el alumno sea mayor de edad, aunque en casos excepcionales se permite la matrícula a jóvenes con 16 años. Las materias o las exigencias para aprobar una asignatura son exactamente las mismas que en el diurno, pero el nocturno tiene varias peculiariedades. La primera, como explica la jefa de Estudios, es que cada materia superada «se mantiene aprobada» y «no tiene fecha de caducidad». De este forma, el alumno se matricula sólo de aquellas materias que no tenga aprobadas, lo que permite hacer una matrícula parcial; «cada alumno, según sus circunstancias personales y su planificación se matricula de parte de las asignaturas y, además, no hay límite de años o cursos para obtener el título», añade.
Los alumnos apuntan otros aspectos. El hecho de que haya pocos alumnos en las aulas permite una formación «más personalizada, casi como clases particulares», con lo que eso, junto con la flexibilidad, les permite avanzar a grandes, o a pequeños pasos, hacia el objetivo del título. A ello suman el compañerismo que existe entre ellos, el apoyo en el aula de unos a otros.
El perfil del alumnado del nocturno también ha cambiado en los últimos años y se ha rejuvenecido. «Tradicionalmente ha habido alumnos de todas las edades», explica el director del Juan del Enzina, Gabriel Rodríguez García, para apuntar que entre los estudiantes de este curso hay deportistas de alto rendimiento que entrenan por la mañana, jóvenes que aspiran a entrar a la Policía o a la Guardia Civil o los que quieren opositar y no tienen el Bachillerato porque lo abandonaron a falta de aprobar algunas asignaturas o migrantes con buen nivel académico en su país pero que en España los estudios se les complican por el cambio de idioma.
Gabriel Rodríguez García también destaca el hecho de que las clases pequeña ayudan a esa atención «más personalizada al alumnado» y destaca que «el tirón de la FP», como una vía rápida para encontrar trabajo, ha restado alumnado a esta modalidad educativa que abre las puertas al mundo universitario. El plazo para presentar la matrícula para el próximo curso se abrirá a finales de este mes.
La matrícula es gratuita, como en el diurno, y las clases son de 17.00 a 22.15 horas. El nocturno, así, abre sus puertas a los estudiantes que afrontan el aprendizaje como los búhos, a la caza del conocimiento, como el ave que acompañaba a la diosa griega Atenea.
Historias del nocturno: El esfuerzo con premio
A Diana González le ha costado tres años sacar el Bachillerato. Tiene 45 años, trabaja y tiene una niña. Y, precisamente, para dar ejemplo a la pequeña, a Chloe, regresó a las aulas. «Yo tenía la espina clavada, porque cuando empecé la ESO se me daba fatal estudiar, me había quedado descolgada y ahora, con mi hija, pensé que tenía que darle ejemplo a ella», explica risueña, tras comentar que su hija fue a ver su graduación. Al principio pensó que no iba a poder con todo, pero gracias al apoyo de sus jefes y compañeras se organizó; «me han costado mucho los debéres y los exámenes, pero ha venido muy bien», precisa, para animar «a vencer la pereza, porque estudiar era mi rato».
«Soy de Kabul, Afganistán, y tengo 22 años. Estudié muchos años en la India y regresé a Afganistán en 2020. Cuando los talibanes volvieron al poder, mis planes de futuro quedaron en pausa. Después llegué a España y pude volver a estudiar. Estoy centrada en formarme y aprovechar la oportunidad». Así se presenta Manizha Yaquobi, que al principio hacía los exámenes en inglés y ahora habla español con fluidez. Quiere ser piloto, «para aprovechar una oportunidad que para muchas mujeres de mi país hoy es imposible». «El Juan del Enzina demuestra que la educación es más que clases y exámenes. Es ayudar a las personas a desarrollar su potencial y darles una oportunidad», dice.
Javier Palomares entró en el nocturno para poder compatibilizar el fútbol con los estudios. Con el título en la mano, se ha presentado la PAU para poder estudiar ADE y tras sacar un 9,25 en el Bachillerato. «Era el más pequeño de clase, pensé que habría gente más mayor y me costaría integrarme, pero la mayoría tenían sobre 20 años», explica este joven de tan sólo 17. «Muchos piensan que el nocturno es para los que no valen, pero hay muchas causas para que la gente lo elija», añade, para incidir en que al ser pocos alumnos en clase «era toda una ventaja, porque el profesor te podía prestar atención casi directa», porque él, con el fútbol y las clases, «tenía que arañar minutos para estudiar».
Dejó los estudios y se puso a trabajar de repartidora y después de camarera. Pero tras más de cinco años así, Nerea Casado se día cuenta de que el sueldo era muy poco y ahora quiere enfocar su vida hacia la carrera militar para poder después dar el salto a la Guardia Civil o la Policía Nacional. «Siempre me ha gustado y ahora con el título de Bachillerato me propongo opositar y llegar hasta el final», señala, para añadir que se ha presentado a la PAU «por tenerla» y tras sacar un 8,94 de media en el instituto. Tiene 24 años y reconoce «que estudiar es fundamental, es lo principal, y como mínimo tienes que tener el Bachillerato para todo» y valora la atención de los profesores del nocturno.
Marta Aparicio se tituló con la FP Básica y ahora se ha reenganchado al Bachillerato, para terminarlo con matrícula de honor. Tiene dudas sobre qué camino tomar para conducir su futuro, aunque la primera opción es un ciclo de Formación Profesional. Se animó a volver a las aulas cuando su hermana pequeña también estudiaba Bachillerato y «los primeros exámenes yo lloraba; los profesores pensaron que no me iba a costar mucho, pero al final alabaron la evolución que he tenido». «La mayoría de los profesores se implican mucho y la relación entre los compañeros es muy buena, nos ayudamos unos a otros», señala, para reconocer si pudiera dar marcha atrás habría acabado la ESO.
Daniel Castelli tiene 27 años y trabaja a turnos: dos días de mañana, dos de tarde y dos de noche y así sucesivamente. Aunque el horario le ayudó a estudiar, su objetivo es encontrar un empleo que le dé «más calidad de vida y algo estable». «Me reenganché a estudiar porque he hecho muchos trabajos y me he dado cuenta de que si no tienes un título puedes aspirar a poco», relata este joven que se presentará a la PAU en julio, aunque su objetivo es opositar. «El Bachillerato ha sido un reto, he chapado como un campeón. Tenían razón cuando me aconsejaban estudiar, pero de aquella no era consciente. Ahora quiero concentrarme en algo que merezca la pena», dice.