Diario de León

Margarita Merino de Lindsay WONDERLAND

Los jóvenes americanos (y III)

Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

LA desaparición de los valores de los pioneros, la crisis del sueño americano, fueron desgranándose entre el Halloween, la educación de la infancia, la noche más feliz y una aventura insólita, en cuartillas donde pusimos títulos centrados, respetábamos los márgenes y dejamos líneas blancas entre los párrafos. Y me hablaron de sus familiares, de sus novios y sus gatos, sus aficiones, su ingestión masiva de televisión, sus sueños, sus tragedias, sus drogas, sus escapes, sus tristezas tapadas. Fui descubriendo detrás de sus máscaras indolentes y sus ausencias el tatuaje de divorcios traumáticos, de emigraciones infantiles, el dolor ante la marginación y el racismo, la soledad terrible que les hacía emborracharse en quince minutos solitarios en ese brutal desahogo de sus días festivos. Poco a poco, el indolente, la perezosa lista, el depresivo, la tímida, el carota, el arisco emigrante revuelto en la memoria por entornos desaparecidos, la guapita acostumbrada a ser mimada, el silencioso al que nunca habían escuchado, el militar interesado en temas de actualidad, la chica inteligente y resentida en los afectos difíciles de su sociedad trituradora, fueron ordenando conceptos y me dejaron ver que sabían analizar el mundo en que estaban inmersos y que les dolía sin que fueran conscientes de ello. A traición, casi sin que se dieran cuenta, les puse notas en los márgenes que cantaban la gloria de los libros, su increíble aventura de gozo y de solaz liberadores. Les hice copiar Platero y yo en los diarios, y mucha poesía comenzó a aparecer por las hojas que estrenó Juan Ramón. Mientras todo esto sucedía, les aconsejé corintelladesca en desamores y desórdenes, en melancolías e incertidumbres que pude adivinar. Y puse lo que yo hubiera deseado oir en los días que como ellos yo era sólo futuro y desconcierto, cuando escribía poemas de lo desconocido y creía que mis sueños alcanzarían el luminoso horizonte de la maravillosa Ciudad del sol poniente. Puedo pensar ahora que mis favoritos (disciplinados y eficaces, laboriosos y afables, algunos chispeantes) lo siguen siendo porque lo merecían. Les recuerdo moviendo la cabeza avergonzados del pobre nivel general que tanto me desanimó al comienzo, defendiéndome de la incomprensión -que a veces se interpuso como un muro infranqueable- diciendo que yo era la mejor profesora que habían tenido jamás: una mentira piadosa que apaciguó mi angustia y pudo hacerla llevadera algunos días en que me preguntaba acerca del sentido de todas mis acciones/decisiones. Debo reconocer que casi todos ellos crecieron como una planta diminuta que nadie ha regado y explota en verdura con un jardinero cuidadoso. Corrijo sus exámenes y encuentro notas de agradecimiento, felicitaciones navideñas, deseos de suerte y permanencia en su país. Incluso alguno me ha besado en una sociedad tan puritana y suspicaz donde ninguna muestra del afecto gestual existe. Tampoco nadie se ha quejado de mis palmaditas en la espalda o de las manos posadas en los hombros: restos involuntarios de las costumbres de mi patria. Es tarde ya para decirles que les he tomado aprecio. Acaba el semestre y siento un gran cansancio. Espero el autobús y el día es frío en el breve invierno de Florida. Me pregunto qué hago aquí, a quién puedo enseñar nada de nada cuando me siento desorientada, llena de desarraigo, y puedo reconocer que he dejado pasar tantos trenes de largo y voy a la deriva, camuflada de alien en el tránsito hacia ninguna parte.

tracking