Luis Artigue EL AULLIDO
El leonés es cuentista por naturaleza
LEO en este periódico que le han concedido a José María Merino el Premio NH al mejor libro de cuentos del año 2002 por Días imaginarios (Editorial Seix-Barral). E inmediatamente viene a mi mente una cita del sabio de Ardón don Sabino Ordás: «Que buen destino de escritor el de quedar para el futuro como una de esas voces anónimas que cuenta entre sus vecinos... La gloria del Nobel contrastada con la fascinación de las humildes voces». Sin duda León es tierra de cuentos, de historias que se narran a la luz de la luna o a la orilla del fuego, alrededor de una vela o una botella de vino. Crecer en un pueblo de León resulta parecido a iniciar la vida entre escritores que no escriben, imbuirse inicialmente de literatura oral y fantasía tan cotidiana que suele darse por sentada. Se llaman veladas esas sesiones de narrativa espontánea en torno a una vela. Se denominan filandones esos momentos en que mujeres endurecidas y brillantes como mi abuela Margarita, recuerdan y fabulan mientras están hilando, mientras siguen tejiendo. La imaginación leonesa fluye de forma sencilla, pero está llena de audacia y, sobre todo, encierra mucha verdad. Tiene algo de originaria, de primigenia, y se encuentra sin saberlo en contacto con el mito. Los estudiosos -por ejemplo recientemente se ha escrito en la Universidad de Chicago una tesis doctoral sobre la oralidad en la obra de Antonio Pereira, Luis Mateo Díez y el propio Merino- suelen conectar esta expresión colectiva con otras como la hindú del Mahabharata, la oriental de Las Mil y Una noches y principalmente la celta, que al igual que la leonesa no está compilada en un solo libro sino en la memoria colectiva del pueblo. Sin embargo a mí me da la impresión de que la imaginería leonesa, tradicionalista y aferrada al terruño porque lo oral es local por naturaleza (no posee el largo alcance geográfico de lo escrito), tiene más que ver con la picaresca jacobea y las recopilaciones medievales de cuentos engarzados del Conde Lucanor, el Arcipreste de Hita, Bocaccio y otros. Parece lógico que de este caldo de cultivo hayan salido varios escritores de primera línea nacional, los cuales han incorporado la erudición al acervo fabulador leonés con el que han crecido. Este sesgo está aún en su literatura y en su forma de ser y estar en el mundo, por suerte. No es extraño tampoco que estos escritores, además, se aferren a un género que no goza de público amplio: el cuento literario. A pesar de todo, en un ejercicio de coherencia o porque se lo pide el cuerpo y el alma, ellos siguen escribiendo cuentos que hablan elocuentemente de su origen, aunque no lo parezca. Cuando se piensa en León y en los cuentos es inevitable referirse a Antonio Pereira. También Luis Mateo Díez es un asiduo, pero el caso de José María Merino resulta paradigmático, pues ha dedicado buena parte de su labor intelectual y creativa a este género breve, pero mayor. Nuestro autor ha recopilado, por ejemplo, las leyendas españolas en un texto de reciente aparición. Igualmente es suya la edición y el prólogo de Cien años de cuentos 1898-1998, que publicó hace unos años Alfaguara. Está incluido asimismo en muchas antologías y nunca ha dejado de escribir cuentos. Este autor, dotado conocedor del género, experimenta, innova, se apoya en la tradición y en el legado oral aunque lo subvierte; siempre sorprende con su imaginación paranoica, pero erudita. En Días imaginarios nos enseña que el cuento es misterio, apunte o esbozo pero también reflexión, «símbolo de una manera de ver la vida o de una forma de entender la muerte», por decirlo con palabras de don Sabino Ordás. Le han concedido a José María Merino un galardón merecido, sin duda, pero que no es sólo suyo sino de toda esta tierra nuestra en la que creció y vivió, esta universidad no académica -la buena- que le formó como escritor. Por eso, les propongo, celebremos esta distinción literaria del NH como algo nuestro. Sólo hay que salir de vinos por el Barrio Húmedo y hablar con la gente para darse cuenta de que el leonés es cuentista por naturaleza.