Margarita Merino de Lindsay WONDERLAND
El Perú (I)
Ha sido América Latina la asignatura pendiente de un sueño de viaje incumplido para muchos españoles que la amamos intensamente más allá de las fieras heridas infligidas en la pasión del oro. Ambición de los metales nobles cuya voraz rapiña se practicó encubierta y autentificada en la sangrienta cristianización de aquella abrupta conquista cuyas heridas todavía les duelen a los que son desde entonces nuestros hermanos de sangre y de hermosísima lengua crecida en mestizaje en el continente espejo del sol que enamoró a los soldados invasores. América ha hecho del viejo idioma que la inundó como catarata indomeñable, patria de magníficos escritores que han ido reuniendo en sincretismo prodigioso la inspiración de los contrarios: la belleza del Siglo de Oro español, la nostalgia de las preciosas lenguas originarias cuyo arraigo ha superado toda represión en la fidelidad inquebrantable a las raíces primigenias, la profundidad telúrica de una tierra magma que alumbró riquísimas culturas que erizan la piel al conocer sus vestigios, la fuerza de una contrariada voluntad hacia la identidad (todavía ofuscada entre el fantasma de la siniestra corrupción de sus políticos, el expolio de los capitalismos tutelares desplazados por los gendarmes de las oligarquías financieras y las multinacionales dadivosas sólo con vampiros parásitos a los que no les duele la pobreza de sus compatriotas: sojuzgados, sin escuela, sin empleo, carne de miseria y de violencia lumpen, hacinados por un terrorismo hijo de la rabia ante tanta injusticia donde los presidentes -y sus esposas- se ponen sueldos como los de Mr. Bush... Qué dolor ante tamaño desperdicio y la riqueza robada que se llevan países extranjeros; qué incomprensible abandono ante el paisaje y el arte apretado que pervive y sorprende desde las formas más humildes. Pero antes hubo una cosmovisión plenipotenciaria en la sociedad de trueque y propiedad colectiva. La llegada de los españoles, su dureza de fierro, de perros de presa y de caballos, arrumbó culturas deslumbrantes que entendieron la fusión del hombre y su vértigo astral reuniendo los extremos polares del ser aterrorizado ante su vulnerabilidad en un mundo cuyas oscuras fuerzas inescrutables las hizo ordenarse en rituales que exploraban completos niveles de conocimiento. Imperios jerárquicamente piramidales dedicados a la observación de los fenómenos y a la práctica de la magia y la impecable ingeniería arquitectónica, desentrañaron las fórmulas de la astrología escrutando los cielos y conocieron el secreto del tiempo arcano para plasmarlo con lentitud en la perfección medida de sus templos, su dominio de la agricultura, la herboristería, los tejidos irrepetibles, cerámicas, sus calendarios aún impenetrables, su tecnología de la piedra, los objetos que hablan por todos los códigos perdidos en las revueltas del azar y la violencia de conquistadores, el empecinamiento de colonizadores, la ignorancia asoladora de huaqueros urgidos de avaricia, el repetido desbaratar de advenedizos. terremotos y guerras. Miedo y reverencia ante la naturaleza maravillosa y despiadada de la que --intérpretes-- quisieron hacerse parte reuniendo los hilos que componen la textura del tejido de la vida y la muerte e inextricablemente atados se ofrecieron en un orden absoluto que tampoco escapó a las piedras testimoniales: ara de los sacrificios donde el cuerpo humano se sumó al de las bestias para colmar a los dioses en una estremecedora igualdad ante la inmolación más cruenta. He llegado al fin, con treinta años de retraso, al Perú y bebo el cáliz agridulce de este amor prolongado a la vista de sus espacios míticos. Territorios de un tirón invencible a los que muchos españoles deberían acercarse a brindar su apoyo para una educación sin fronteras, en voluntariado alzado contra la amargura de esta inmerecida derrota del país paraíso. Y que así personas con hígados devuelvan lo que no ha sabido regresar el desagradecimiento de tantos gobiernos de la ¿madre patria? de frágil memoria nutridos al caudal y fulgor sudamericano: joya mineral, metales puros como ríos. (Continuará)