Diario de León

Margarita Merino de Lindsay WONDERLAND

El Perú (III)

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León

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A escaso margen del calendario siniestro de las bombas que iban a caer irremisiblemente (y que ahora oigo silbar en la conciencia dolorida de las imágenes de muerte de civiles inocentes y pobres gentes iraquíes que no cuentan las televisiones del país agresor, ay), se cerraba mi plazo en una tierra prodigiosa cuyo latido me inspiraba su vitalidad a cada paso). Yo me dejaba empapar sin resistencia ante la premonición espantada y brutal de tanta muerte anunciada añadida a un copioso balance de descomposiciones concebidas por los dueños de las máquinas de la perfecta destrucción. La revelación cegadora de un riquísimo pasado inabarcable y todavía misterioso, nos llevó en apretadas horas y a volandas intentando aspirar todos los instantes posibles el denso, pertubador, escalofriante, aroma de culturas milenarias. En Lima, observando restos de sus ajuares en museos magníficos donde nos extasiamos ante la sabiduría y la tecnología artesanal de las antiguas urdimbres -nunca conseguida aún en nuestros días pues tales patrones no son capaces de repetirlos las industrias de hoy-, la belleza y la complejidad de tejidos de algodones y lanas de extraordinaria calidad y sugerencia; cerámicas preciosas (e incluyo piezas de aura intimidatoria: ciertas cabezas mostraban un hieratismo interrumpido unos segundos para alentar la viveza inesperada de una tensión extrema concentrada en los músculos y la mirada absorta que transmiten los animales acorralados en esos instantes previos al gesto de atacar, y es que fueron épocas donde era fácil perder la cabeza en el sentido real y no en ese figurado tan socorrido que damos en general por bueno, y que otros la pasearan ya trofeo separado o la hicieran testigo de sus actos, preocupaciones o devenires azarosos). Admiramos, fulgente, exclusivo, el oro: elegante en la combinación de plumas, metales, joyas y avíos de incas principales; vimos infinitos objetos de culto usados en rituales que fueron respuesta y ofrenda de ensamblaje aglutinador de las partes dicotómicas de un todo cuya convulsión no nos ha sido legada en un directo testimonio humano. Acaso es más intensa la nostalgia de un irrecuperable espacio mítico perdido más allá de un gran imperio a través del talento de Gómez Suárez de Figueroa, el Inca Garcilaso de la Vega (a quien Enrique Pupo Walker califica de «mestizo genial»). Nos asomamos también a cuadros singulares, hermosísimos, a obras donde tras la conquista confluyeron culturas tan diversas que dan lugar a figuras autóctonas de gran encanto: los arcángeles arcabuceros, los Cristos de los temblores, las vírgenes de la leche, las preciosas vírgenes criollas. Hemos cruzado el Puente de los Suspiros (tan distinto de su homónimo veneciano donde rodaran tantas lágrimas de condenados y que tal vez cruzó de regreso la ágil mente de Giacomo Casanova mucho antes que sus piernas debilitadas en fría celda-mazmorra inquisitorial del Palacio Ducal). Tan rápido a nuestro pesar e inolvidables, el Museo a Mano, el Museo Arqueólogico Nacional, el Museo Pedro de Osma -y quedan tantos museos increíbles por ver, como por ejemplo la colección Poli-, y revoloteamos (esta vez perseguidos por una jovencísima embarazada que quiere venderme campanitas de lató n y como las va esgrimiendo a mi costado con su voz de mirlo al fin me quedo con el claro repiquetear -que no es redoble para que me retumbe toda la osamenta, menos mal- de la más chiquita, ahora la toco y le deseo un feliz alumbramiento seguido de pan tierno) también por Miraflores, la librería el Virrey, la Plaza Mayor, La Catedral, el Monasterio de San Francisco, el mercado indio. Tremenda -¿nos hablará sin palabras de lo que allí, como aquí o acullá, se cuece en la política?- la historia del escultor gringo que acabó colocando a los limeños una estatua ecuestre arribada en ruta azarosa, y así se distingue en el atavío de un Hernán Cortés (al que no se pudo colar en Méjico) retocado a la carrera y ya en faz de Pizarro... (Continuará)

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