Victoriano Crémer CRÉMER CONTRA CRÉMER
De gatos y de ratas
ESTÁ claro que los leoneses no ganamos para sustos. Cuando no son las vacas y sus leches, son las patatas y sus precios al consumidor o nos llega el aviso de las elecciones para consejeros de Cortes autonómicas y para ediles de largo recorrido. Y cuando se había acabado la guerra americana del petróleo, en la cual hemos tomado parte por gracia de nuestros felices gobernantes, que Dios tenga en gloria, nos salen ahora los urbanistas con que en León sobran gatos. Según estos ínclitos caballeros de la Estadística los felinos sin techo nos invaden y lugares hay en la geografía urbana de don Vallejo en donde toca a gato por cabeza. Demasiados gatos para una ciudad tan escasa de medios para sobrevivir que no parece fácil arbitrar recursos para mantener a la maulladora manada de gatos. Y el Ayuntamiento reinante, sin esperar al resultado de las elecciones de mayo, busca soluciones para hacer frente a la invasión de cientos, quizá de miles de gatos que viven, si eso es vivir, en viviendas deshauciadas, en solares en espera de albañil con licencia o en calles dejadas de la mano del servicio especial de atención de gastos y familiares... Parece esto una coña maragata y sin embargo, desde hace muchos años el de los gatos sin rumbo, sin control y sin amo, es uno de los más espeluznantes problemas, juntamente con el de la inmigración que aquejan a nuestra sociedad. Y no ya solamente el Ayuntamiento, sino todos los vecinos de esta villa estamos obligados a hacer frente a la amenaza. Porque de no conseguir equilibrar la existencia de seres humanos con gatos llegará un momento en el cual los gatos o sea el número de felinos domésticos sea superior al de obreros parados. ¡Entonces será el momento de rechinar de dientes y de lamentar no habernos comido al gato de la casa! Porque antes, cuando en León no existía ni la Caja de Ahorros y Monte de Piedad ni la Casa Leonesa de Caridad, los leoneses con hambre y sed de justicia salían de caza, con un saco, del gato comestible. Pero ahora no es cosa de proponer la creación de un cuerpo especial o de una concejalía singular encargada de erradicar el gato de nuestros censos. Pero de alguna manera habremos de enfrentarnos con este asunto de política municipal de seguridad ciudadana, suprimiendo de la agenda de actividades antifelinas, la de perseguir a los gatos por las calles, a tiros, como algunos proponen. Quédese el sistema del tiro y de la cartomancia de la muerte para los marines del señor Bush, a nosotros nos va mejor la creación de un Cuerpo, debidamente uniformado, destinado a la caza del gato y de la rata, mediante cuya presentación en las oficinas de Ordoño II puede el afortunado cazador cobrar el importe previsto por su quehacer. Los Ayuntamientos de León y de San Andrés del Rabanedo, entre otros, se gastan la pasta más gansa en antiraticidas y todos los años regalan a los barrios inundados de ratas y gatos, bolsas misteriosas conteniendo una mortífera merienda para ratas, las cuales una vez hecha la digestión se dedican a hacer el amor y a multiplicarse.. En vez de este juego, de cuya inutilidad dan noticia los más viejos de la localidad afectada, cabría también recoger a toda la gatada mal controlada y en vez de bolsitas por barrio se repartieran gatos por familia. En algunos centros de corrección, como puedan ser las cárceles antiguas, como por ejemplo, nuestra histórica cárcel de Santa Marina se disponía de ratas fenomenales, y como por debajo de sus muros, altos y esbeltos como torres góticas corría el reguerón del Molino Isidrón, había ratas del tamaño de corderos. Y los presos, que ahora se llaman internos, inventaron un juego que probablemente podría servir para que los ayuntamientos lo aceptaran: Se hacía un agujero que desde el patio daba al reguero y por él asomaban las ratas, atraídas por el suculento olor de la comida dispuesta para la población penal, y cuando la rata golosa o hambrienta asomaba el hocico, el recluso de turno la echaba el guante y de un certero golpe contra las piedras de la muralla la dejaba dispuesta para el guiso. ¡Pues algo así y no haría falta gatos!