Un pueblo sin discusiones conyugales
El día de los enamorados pasa de largo por Andarraso, una remota población omañesa en la que sus diez habitantes están solteros
Manuel no ha tenido nunca novia, sólo cuatro pulmonías
En Andarraso están dejados de la mano de Dios y de Cupido. Son tan pocos que los domingos ya no se abre ni la iglesia. «Dicen los bercianos que con una misa y un marrano hay para todo el año», bromea Eulogio Porras Blanco, uno de los diez residentes de esta remota población omañesa que ayer, día de los enamorados, vivía una particular paradoja porque ocurre que están todos solteros, desde el más joven hasta el más viejo. Hace una mañana espléndida para salir al sol, pero no hay ni un alma en la calle, sólo un pequeño corzo que atraviesa confiado la carretera. La presencia de extraños llama la atención a perrón y perrato, la mastina y el carea que acompañan a Eulogio. «Aquí vivimos como ermitaños», afirma mientras se presenta. «Unos se fueron y nos hemos quedado los más tontos», continúa la broma mientras se lía un cigarrillo sentado en un tronco. Y es que para todo tiene su teoría: «Compro este tabaco porque digo yo que la mano de obra del que viene en paquete te la cobrarán, ¿no?». Eulogio vive solo desde que falleció su tía, a la que cuidó hasta el pasado mes de noviembre. Sólo había pensado en los enamoramientos cuando era joven, pero las ataduras del campo y una vida sin grandes holguras no le debieron dejar mucho tiempo para pensar en ello. Ahora dice sentirse solo y en ocasiones ha pensado que es mejor no vivir así. Pero lo va superando con el día a día, sus vecinos y sus animales. A quien da un cariño especial es a Luciano, un burro al que cuida con mucho mimo y del que tiene muy presente que no le gusta ni la lluvia ni la nieve. Durante la conversación, un sexagenario muy preocupado por su imagen para posar en la foto responde a la llamada de Eulogio. Contesta al nombre de Manuel. Es flaco, pero de un aspecto más que saludable. Se quita la sobrecamisa y la gorra y se pasa la mano por el pelo para colocarlo un poco; parece como un gesto de respeto al foráneo. -Manuel, ¿nunca se ha echado una novia? -Cuatro pulmonías me he echado yo, y la primera en la mili. La tercera en sumarse al corrillo es Amalia, también soltera, que tiene un hijo de unos treinta años, igualmente soltero. Es observadora. Después de escuchar durante un rato y saber que la conversación va de soltería en el día de San Valentín comienza a hablar de cocina, un gran tema para cualquier casadero que viva sin compañía. -El camión de la compra ya sólo viene cada quince días. -Y el panadero de Riello dejará de venir muy pronto, porque para seis o siete hogazas que vende cada semana... Yo es que ya como menos pan que un grillo. -Y qué dices del pollo de ahora, que tarda en hacerse lo mismo que el arroz. -Hombre, uno de corral tiene que estar por lo menos dos o tres horas al fuego. ¡Y cómo sabe! ¡Nada que ver con el otro! Acaba la charla y Eulogio no tiene ninguna intención de dejar marchar a los desconocidos sin hacer uso de su generosa hospitalidad. Saca un chorizo y una botella de vino bien fresca. Mientras en su cocina de leña se prepara lentamente un caldo que le servirá de almuerzo, la charla deriva otra vez en sus animales. Habla de sus conejos y de sus gallinas y es cuando se acuerda de los excelentes huevos que ponen. Sin mediar palabra, desaparece. Regresa con cuatro huevos recién cogidos. Los fríe y los ofrece. Entretanto da un consejo de soltero: «Para que no se peguen es mejor calentar la sarten antes de echar el aceite». Mano de santo.