Diario de León
Publicado por
PEDRO V. ÁLVAREZ COLLAR
León

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PRECISAMENTE hoy, cuando me disponía a escribir me llega la noticia, triste siempre, de una muerte en accidente. Como en la mayoría de las ocasiones, aquí por esto valles de lágrimas, la muerte accidental es en la mina. Pero en esta ocasión es, para mí, algo más personal, pues se trata de un vecino de Sosas, un familiar y un amigo. Escribir hoy me cuesta tragarme la inmensa rabia que siento, y la enorme impotencia de tener que contemplar como una vida se apaga así, sin que nada ni nadie pueda hacer algo por remediarlo. La muerte de Javier Prieto Álvarez en este luctuoso acto será, posiblemente, una muerte más para las estadísticas que se llevan a cabo desde los organismos de trabajo, desde las centrales sindicales, desde todos esos lugares en los que los números importan más que las almas. Pero, ha de llenarnos de tristeza a todos, el hecho de que jóvenes entreguen su vida en accidentes que seguramente podrían y deberían de haberse evitado. Es sangrante ver como en pleno siglo XXI, cuando el ser humano ronda el espacio, cuando cada día vemos como artificios extraordinarios se elevan a las alturas sin apenas peligro para la vida de sus tripulantes, aquí en la tierra, en algunos lugares, continúa trabajándose con sistemas arcaicos. Algo tendrían que decir los organismos oficiales encargados de la seguridad laboral, porque no me digan que se hacen verdaderas inspecciones en sectores donde la alta siniestrabilidad es patente. Los lamentos posteriores a los accidentes mortales por parte de todos los estamentos implicados solamente se quedan en eso en lamentos. Hay que buscar soluciones, no es posible que en sectores como la minería donde cada día que pasa se elimina mano de obra, continúe habiendo un alto índice de siniestros. De poco sirve, que el comité encargado de evaluar el accidente mortal en el que perdió la vida Javi, nos diga dentro de un mes que se trató de un suceso «casual y fortuito». Solamente servirá para rellenar algún tipo de folleto necesario para la burocracia empresarial y administrativa, pero de poco le servirá al que ha perdido la vida, pudiendo haberse evitado de alguna manera. La tristeza del momento no me impedirá ver la dura realidad de jóvenes que, como Javi, pudiendo haberse ido de éste, a veces cruel, país lacianiego a buscarse la vida a otros lugares donde habría tenido otras oportunidades laborales, pero su amor por estos montes, por estos valles que le vieron nacer, le impidieron irse lejos de ellos y prefirió trabajar en la mina, pudiendo haberse abierto camino, como digo, en otro mundo lejano. El mérito de hombres como Javi, es el mérito que tuvieron todos aquellos antepasados nuestros que han ido haciendo de Laciana lo que es hoy en día, un país que aún no ha perdido la esperanza totalmente, un país que espera paciente a que sus dirigentes levanten la cerviz de una vez y luchen por la dignidad. Javi retrató con su cámara nuestros montes, nuestros valles idílicos, tal y como los veía, llenos de animales vivos, plenos de un verdor de esperanza. Hoy, se nos ha ido víctima de un accidente que, aunque haya sido casual y fortuito, ha dejado esta vida en plena flor, con tan sólo 37 años. Poco ha disfrutado Javi de ese reciente matrimonio. Aquí nos dejas la tristeza de no tenerte ya más. Pero como cantan allá por el sur, donde las minas se hacen cante: «A la mujer del minero/ le suelen llamar viuda/ porque el marido trabaja/ al lado de la sepultura...».

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