Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Los tuberculosos

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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LOS ÁVIDOS CORRESPONSALES esparcidos por el mundo, nos estuvieron informando sobre los sobrecogedores esfuerzos del Pontífice de Roma, por vivir como debía vivir un Papa. Los mismos corresponsales nos hicieron llegar la noticia de que el Príncipe de Mónaco no acababa de dominar sus dolencias y que acabó por morir. En la lejanía de Sumatra, las ferocidades marinas vuelven a manifestarse y bajo los escombros que provocan desaparecen miles de seres humanos. El mundo, este mundo nuestro tan cómodo, pintoresco y tentador, está a punto de convertirse en el negro agujero al cual nos precipitamos por nuestra grandísima culpa. Y, para llenar el espanto de nuestros prójimos y el nuestro propio, los doctores mejor calificados avisan de la presencia activa, (también ¡ay! en nuestro territorio), del Bacilo de Kock, o sea la tuberculosis, la tisis. Se acumulan sobre nuestras cabezas los males anunciados hace siglos con las llamadas Plagas de Egipto, que no fueron sino consecuencia también de la torpeza humana. Cuando me aseguraron que la tuberculosis estaba llamando a nuestras puertas, me sentí tan roto por dentro que temí que se me rompiera el corazón, precisamente ahora, cuando nuestro servicio sanitario ha incorporado a la atención gubernamental, a pesar de contar con un presidente leonés, una unidad de cirugía cardiaca que nos garantiza, cuando menos el tratamiento más conveniente para los males del corazón, que no son, como se suponía en los tiempos de «La Dama de las Camelias», aquellos que se manifiestan cuando la mujer amada se fuga con el cartero que ni siquiera llamaba dos veces a tu puerta. En los tiempos ya lejanos de mi infancia, la tuberculosis era enfermedad común a todos los vecinos del poblado, sin medios para un tratamiento adecuado. Y el drama de Margarita Gautier, moribunda sobre el canapé, con un pañolito ensangrentado en la mano nos hacía llorar. En España la tuberculosis se había extendido mucho y el que más y el que menos tenía siempre un tuberculoso en casa. Y aunque nos recetaban los médicos de familia aceite de hígado de bacalao, con cuidados especiales en nuestra dieta y acomodo familiar, como éramos pobres casi todos, menos los ricos, que por eso no eran pobres, pues acabábamos muriéndonos, asistidos por el cura de la parroquia. De modo que cuando ahora nos aseguran que disponemos de un censo de cerca de diez mil tuberculosos, nos echamos a temblar, sobre todo porque los estadistas, psicólogos y afiliados a la seguridad social se empeñan en asegurarnos que esta invasión del famoso bacilo de Kock, o como haya que llamarlo, lo traen los inmigrantes, que los pobres no ganan para sustos. Y ¿qué quieren ustedes que yo les diga?, pero cuando todas estas amenazas se ciernen sobre nosotros, y algunos científicos, con título incluso, nos sugieren que con las células madre embrionarias tal vez, quién sabe, quizá, podríamos combatir con éxito la cruel enfermedad, como dicen que se demuestra como mano de santo para la diabetes, el parkinson o el dolor de testículos con hipo, pues la verdad, qué quiere usted que yo le diga, padre: Pues eso: que autoricen al empleo de la madre y sus células. ¡Porque ya es bien triste morir joven y tuberculoso!

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